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El Quimbo/ Creado el: 2015-04-22 05:36

Las atarrayas que se perdieron en El Quimbo

Resignación. Esa es quizás la palabra que describe la situación de Tito Soto, un pescador artesanal que vive en la zona de Puerto Seco, en el municipio de Gigante, centro del Huila. Aunque la multinacional Emgesa lo compensó por ser afectado directo del proyecto hidroeléctrico El Quimbo, su vida cambió para siempre.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 22 de 2015

Corre la mañana. Una música estridente sale de dos parlantes que se hallan en el patio trasero de una vivienda. Allí, en medio del olor que emana una estufa con leña y el bullicio de los perros, se encuentra Tito Soto, un pescador del municipio de Gigante, centro del Huila. Está sentando sobre una silla mientras remienda una atarraya. Atrás suyo, un pequeño de cinco años con cabellos rubios juega con un gato; es su hijo menor.

Tito se crio a la orilla del río Magdalena haciendo lo que toda su familia siempre hizo: pescar. “Nosotros nos criamos por allí en Matambo. Mi papá tenía finquita por ahí, entonces desde que uno va creciendo, uno va cogiendo los pescaditos. Luego se los mandan a vender. Ya después uno a los hermanos los lleva a coger platica, y ahí uno se vuelve pescador”, dice en un tono fuerte, rememorando los acontecimientos de su niñez.

En el año 2008, el Ministerio de Minas y Energía le anunció a Colombia la asignación del proyecto hidroeléctrico El Quimbo, una represa que abastecería la demanda energética del país para el futuro. En mayo de 2009, el Ministerio de Medio Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial le concedió a Emgesa, multinacional que opera el proyecto, la licencia ambiental que le daría vía libre al inicio de la construcción del embalse. Y en el 2012, con el inicio formal de la represa en el 2010, el cauce del río Magdalena fue desviado.

“Llega un momento en que a uno le toca dejar la pesca”, expresa  Tito. “Nosotros de entrada sabemos que la pesca se acaba; mejor dicho, se ha acabado mucho, disminuido mucho, bueno… la mayoría de la gente dice que por Emgesa, yo no digo que por Emgesa”, asegura.

Las prácticas de pesca contrarias a las que usualmente Tito ejerce –con atarraya-, son en esencia un factor que según él, han hecho que esa actividad productiva disminuya. Previo a la llegada de El Quimbo, las cosas tampoco parecían por completo buenas. “Antes era solo esto”, dice mientras señala su atarraya. “Ahora unos ‘chinchorros’ que abarcan todo el Magdalena. Entonces, en esa represa, cientos de mallas se hacen al borde del río, pescaditos que van, de una vez los cogen”, manifiesta.

En treinta y cinco años de vida, las aguas del río Magdalena les han proporcionado el sustento a Tito y la familia que formó junto a su esposa. Tiene tres hijos, uno de doce años, otro de once y uno de cinco, el rubio que no se despega de él, mientras habla de su vida y de cómo cambió después de la llegada de la hidroeléctrica.

Tito hace parte de la lista de las personas censadas por parte de Emgesa, dentro de la categoría de afectados por actividad productiva. Como él, muchos pescadores artesanales recibieron un beneficio económico de compensación para emprender nuevas actividades que nuevamente les generaran ingresos para subsistir.

“A nosotros la empresa nos dio ‘platica’… nos dio ‘platica’ pero nos cambió la vida. Nosotros queremos mucho al Huila. Yo hubiera preferido quedarme como antes, pescando, pero cómo nos tocó aceptarlo, eso ya era un hecho”.

Hace cinco o cuatro años, cuando el cauce del río no había sido desviado y las corrientes de agua llenaban las atarrayas de pescado, Tito y sus compañeros “cogían mucho, mucho, mucho pescado”. También consiguió plata, al tiempo que jamás la malgastó, “como yo no tomo”, añade.  Las labores de pesca le fueron generosas. Arregló  su casa, compró un buen motor para la lancha y tenía proyectada la compra de un carro.

“La empresa me dio plata, pero la pesca también. Yo pescaba con la mujer y diariamente eran $150.000 o $200.000, en tiempo de río bueno, claro”. Sino eran tiempos buenos, los tiempos malos, que eran tan solo dos o tres meses al año, le dejaban tan solo para ‘la comidita’, como él dice. “Uno lo pasaba más bien por ahí haciéndose el ‘pendejo’, mientras esperaba otra vez el pescado”, añade.

A Tito le dieron $60 millones como compensación económica, “que porque ellos nos acababan con la pesca. Así dicen ellos. Y pues sí, Emgesa nos acabó. Nosotros veníamos de por allá de Pericongo, de allí de La Jagua y ya no podemos ni pasar”, comenta.

De la pesca al ganado

Tito tiene ahora cien cabezas de ganado en la vereda Berlín del municipio de Cartagena del Chairá, departamento de Caquetá. Esa fue la inversión que hizo con el dinero que la multinacional le dio. “Allá la gente es buena”, afirma.

Cada seis meses Tito va a la finca. Allá están quienes le reciben el ganado a mayor valor. “Lo valoramos y a los dos años volvemos y lo valoramos y las ganancias las repartimos”, explica. Sin embargo, las ganancias no se han visto hasta ahora, pues la ganadería es una actividad que produce ingresos a largo plazo.

— ¿Y usted sabe de ganadería?

— Mi papá tenía unas vaquitas y a nosotros nos gusta también eso. Usted se para allí, en el mirador por la herradura, y mira para allá, eso verdecito es de nosotros, ahí tenemos también buen ganado.

Tito asegura que solo él pudo aprovechar la compensación que le dio Emgesa. A varios de sus compañeros, la multinacional les dio el dinero y en un abrir y cerrar de ojos, lo desaparecieron. “En un año  volvieron a quedar sin un solo peso y ahí si volvieron a saludar a los compañeros”, aseguró.

De la pesca al ‘chongo’: los que ‘se comieron la plata’

“La gente quedó enseñada a tener plata, pero se la comieron enterita y ahora joden más. Todos se la tiraron, menos la familia de nosotros”, afirma entre risas.

Tito cuenta la historia de un viejo amigo suyo. Dice que una vez lo invitó a Rioloro, una zona aledaña, luego de que le avisaran sobre el censo que realizaría Emgesa. “Cuando estuvieron censando, a nosotros nos avisaron y como había temor de que no censaran, yo personalmente cogí la canoa y las láminas que teníamos y le dije a él ‘vea, lo voy a invitar mañana, vamos a ir a Rioloro, pagamos expreso y nos vamos en la canoa de la mina pescando de pa’ abajo,  pa’ que los del censo nos cojan’. Él no tenía nada, ¡no tiene nada!”, narra.

Cuando regresaban de allí, hicieron una pesca con sus compañeros que le dejó cien mil pesos a cada uno. “No, de una vez se tiró los cien mil el compañero, pero bueno, menos mal quedó censado”, dice, con un dejo de burla pero a la vez de pesar.

“Cuando hicimos el paro de allí que fue exitoso, nos dieron $7 millones primero”, suma inicial de dinero que hizo parte de la totalidad de la compensación. “Cuando ya iba a salir esa platica lo localicé por allá en el culo del mundo y le dije ‘¡Camine pues!’. Pero no, acá vino y la embarró con la gente, le dieron los siete millones y se volvió loco. Eso fue trago y viejas, eso no salía del ‘chongo’”.

— ¿Qué es el ‘chongo’?

— ¡Pues el ‘puteadero’!— responde a carcajadas.

“Sí, y bueno, volvió por ahí y se consiguió a una vieja. Esa le pegaba, pero la llevaba y la traía; era una vieja del Caquetá, pero le salió más viva. Le tuvo paciencia mientras le dieron plata. Cuando le dieron la plata se lo llevó para el Caquetá y lo devolvió sin un peso. Por ahí está pero en la inmunda, inmunda. Como le digo yo, ¡peor!, porque la gente se enseñó a tener plata y gastó todo”, concluye.

De la pesca al turismo

Tito no aprueba ni desaprueba El Quimbo. Sólo espera que los proyectos que tiene en mente se hagan realidad. Emgesa se comprometió con proyectos piscícolas para cada pescador artesanal, de los cuales Tito espera consolidar cuando llegue su momento. Los Espejos de Agua, que en términos simples se refiere a superficies acuíferas, son uno de ellos.

“Sí, el de largo plazo que nosotros pensamos a futuro y que algún día nos cambie la vida es el espejo de agua”, dice.

“Yo estoy es resignado, nosotros estamos esperando para ver si Dios quiere nos dejan hacer turismo, de ahí sale buen turismo, ¿no cierto?”, comenta mientras espera una respuesta.

Tito dice que las personas están seguras que con el comienzo del llenado del embalse habrá mucho pescado. Mientras tanto él sigue en Puerto Seco, esperando que lo dejen pescar, mientras pasa la restricción de la navegabilidad en el río. “En el momento en que ya se llene, pues de ahí nos vamos al turismo, vamos a ver esos famosos proyectos piscícolas que a nosotros nos prometieron”, manifiesta.

— ¿Y esa atarraya que está haciendo?

— Remendándola, pa’ irme a joder un rato. A nosotros nos gusta mucho la pesca, nosotros nunca la dejaremos—, dice.

Tito hace parte de la lista de 927 personas registradas en el censo  de la población que labora en predios ubicados en el área de influencia de la construcción de la represa, pero que no residen en ellos, y que su actividad productiva se afectó de forma considerable.

Y aunque Emgesa realizó un censo generalizado en 2013 identificando el número de afectados por la hidroeléctrica, la Corte Constitucional le ordenó en febrero de 2014 realizarlo nuevamente, pues los registros no abordaban la totalidad de aquellos. Por otro lado, revocó cinco sentencias de tutela que no habían hecho ningún efecto en los despachos del Huila. Por eso, siete jornaleros fueron incluidos en la lista de afectados por El Quimbo.

Devolverle la pesca como actividad productiva a Tito ya no es posible, a menos que la vida lo lleve a usar su atarraya en las corrientes de otro río diferente al Magdalena, lejos de las montañas escarpadas de Gigante o el Cerro Matambo, el mismo que lo vio crecer. Por ahora sigue resignado. Resignado a criar y vender vacas, una actividad ajena a su atarraya pero que las circunstancias le obligaron a tomar, porque no hubo salida, porque ya estaba todo hecho. 

“Pero seguiremos pescando, lo hacemos porque es la vida, es la vida de nosotros”.

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Tito Soto, pescador artesanal de Puerto Seco, Gigante

 

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Las obras de El Quimbo han desplazado a pescadores artesanales de las áreas de influencia

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Luego de ser desviado el cauce del río, cientos de pescadores debieron abandonar la pesca como actividad productiva.

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