UNIDOS MÁS QUE NUNCA
Por: Jesús Andrés Vargas Gutiérrez
A pesar de que la pregunta retórica ¿Usted mandaría sus hijos a la guerra? suene muy contundente, y parezca tener una estrecha relación con la situación ya ampliamente conocida desde la semana pasada en nuestro país, esta sólo sirve de excusa para hacer más amplia la división nacional bajo la falacia de estar a favor o en contra de la guerra.
La fauna criminal es tan amplia y variada, que mientras algunos se dan golpes de pecho por el anuncio de Márquez y compañía, los soldados de la patria nunca han dejado de exponer sus vidas en las zonas de más difícil acceso del territorio nacional como el Catatumbo, la selva del pacífico o el Urabá antioqueño. Allí han estado, sin que nadie haya llegado a preocuparse por ellos hasta ahora.
Pero esa “preocupación” ese “afán” por evitar que los hijos de los más necesitado sirvan como carne de cañón en los campos de batalla tiene claramente un tinte político y oportunista.
Lo cierto es que la forma en como el ejército y demás fuerzas armadas han venido desplegando sus operaciones poco o nada van a cambiar.
¿No le parece curioso respetado lector que justamente los protagonistas del video del resurgimiento de las FARC, sean los mismos que en plenas conversaciones de la Habana cuando se les preguntó si estaban listos para pedir perdón hayan entonado el infame “quizás, quizás, quizás”?
Casi que frustrante resulta el hecho de que mientras estos criminales de guerra, delincuentes y narcotraficantes confesos y sanguinarios, burlando la institucionalidad, la sociedad e incluso a sus ex camaradas (Timochenko incluido), se reorganizaron, sectores radicales endilguen total responsabilidad al gobierno nacional.
Es entendible que algunas facciones pueden llegar a enrostrarle al gobierno la poca voluntad de implementar el acuerdo al pie de la letra, pero lo que no pueden decir es que el Estado Colombiano, haya sido el causante de la conformación de esta banda criminal.
De hecho, lo que sí podría ponerse sobre la mesa es responsabilidades individuales de ciertas entidades que estaban encargadas de vigilar el accionar y las actividades de los ex jefes de las FARC que aunque libres, al menos debían ser monitoreados y seguidos constantemente con tal de que este tipo de cosas no sucediera.
Más que incumplimiento por parte de las entidades gubernamentales, lo que existió fue un exceso de confianza, e incluso de complicidades internas para permitir que una persona con limitaciones visuales como Jesús Santrich pudiera llegarse a escapar, por ejemplo.
Difícil es pedirle a una sociedad tan fragmentada que se una, pero en definitiva, si queremos avanzar como sociedad, es la única opción que tenemos.
