Una generación “moderna”
Cuando se acercan los tiempos decembrinos la gente cambia, se vuelve más alegre, más formal, más amable. Quizás porque es sinónimo de descanso, de prima, de música particular, de visitas, de pólvora, de luces, de regalos, de solidaridad.
Claro, que también se presentan, como en el resto del año, manifestaciones de miseria, de necesidades, de angustias, de sufrimientos, de hambre, de violencia, de engaños, de accidentes, de robos, de atracos.
Pero en general, es una temporada que todos queremos vivir en familia, en armonía, en absoluta confianza. Un periodo en el que pareciera que todos se conocieran con todos. Se ofrecen tragos, se da el popular “feliz año” casi que de memoria, maquinado, como si automáticamente se accionara un disparador en nuestro vocabulario por estos días.
Todo eso está bien. Pero me parece que debería existir más solidaridad con aquellas personas menos favorecidas que, aunque no nos demos cuenta, con su trabajo y acciones, nos hacen la vida más amena. Me refiero al vigilante de la esquina, al voceador de periódicos, al que hace la limpieza de la ciudad, a los conductores, a los campesinos. A los niños desamparados, a los enfermos, a los reclusos, a los huérfanos, a los limitados físicos, a los habitantes de la calle.
Pero si queremos que, por ejemplo, los jóvenes lo hagan, es preciso enseñarles desde la casa. Se hace necesario que suceda al interior de nuestro entorno familiar. Pues resulta un poco difícil que se haga en sociedad, cuando no se ha practicado en el seno del hogar. Es por eso que es importante enseñarles a nuestros hijos y allegados, que dar, también es un acto de humildad, de solidaridad.
Y es que de alguna manera, hemos acostumbrado a nuestros hijos a que en navidad tienen que recibir un regalo. Casi se ha vuelto obligación. Y no cualquier regalo. Debe ser de marca, lo mejor, lo que esté de moda. Exigen, imponen, hacen pataleta, se molestan a tal punto que ponen en aprietos a sus padres y mayores.
Nadie discute que ese es un bonito gesto. Pero, por favor, aprovechemos la oportunidad de regocijo y enseñémosles que dar es también un noble gesto. Es más, la biblia dice que hay más virtud en dar que en recibir. Ellos, los niños y jóvenes no tienen la culpa, pues los hemos acostumbrado solamente a recibir.
Los niños y jóvenes de hoy conforman lo que se ha llamado la Generación del Merecimiento. Menores que sólo saben recibir, que sólo quieren tener, que sólo quieren alimentar su egocentrismo, su posición de recibidores, de acumuladores de regalos, de acumuladores de juguetes, de acumuladores de atención. Ellos son los embriones de otra generación: la de hombres egoístas, impositivos, excluyentes y antisociales. Es decir, una sociedad de adultos inútiles y débiles.
Es sencillo, a los hijos no se les está exigiendo nada, y por eso pertenecen a una generación del dame, dame y dame. Tienen el mejor «jefe» del mundo: un papá sobreprotector. Son chicos súper débiles: se traumatizan con todo, se deprimen con todo, se quieren suicidar por todo, … porque no saben luchar. Les quitamos la capacidad de trabajar, de crear, de decidir, de actuar, y …. hasta de sentir … ¿por qué?, por darles demasiado. No les enseñamos lo que cuestan las cosas, los alimentos, los bienes, la ropa, el mantener un hogar.
Les enseñamos algo muy grave a los hijos: que su función es recibir, y la nuestra es darles. Aprenden a recibir, pero no a dar. Estamos viendo una cantidad de niños malagradecidos, sin entusiasmo, vagos, de todas las clases sociales. Es la generación del merecimiento, la generación de los niños que se merecen todo. Ellos ya no piden sino que exigen y, precisamente, por eso, porque saben que sus «jefes» lo que pidan, se los dan. Papás exageradamente comprensivos, sobreprotectores, complacientes, blandos, formando hijos exageradamente atenidos, mantenidos, incapaces, intolerantes, imponentes.
En este fin de año, limitemos la generación del dame y estimulemos la capacidad de dar. Demostremos una condición solidaria.
