Un sentimiento de desesperanza
Hay una sensación de desazón que corroe a la sociedad colombiana. La incertidumbre parece ser una constante generalizada. No obstante, que el gobierno Santos se ha aplicado para dar fin a su principal objetivo de los últimos 7 años, la paz con ‘la guerrilla más antigua de América’, todos los demás indicadores de la situación nacional: económicos, sociales, políticos, ambientales…, parecen estar en franca decaída.
El fracaso del modelo económico en el que Colombia se embarcó desde comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, el modelo de libre comercio, mejor conocido como neoliberalismo, que desmanteló el aparato productivo agrícola e industrial y, que condenó a la nación a ser un vasallo financiero del gran capital per secula seculorum, es tal vez la razón principal de la bancarrota generalizada. Es de tal tamaño el fiasco que, ya ni los voluminosos dineros del narcotráfico, de los que hemos vivido durante los últimos 30 años, logran hacer sobreaguar un país que parece diluirse en medio de su podredumbre.
El desequilibrio del modelo económico se resume en lo que se conoce como los déficits gemelos o paralelos: un creciente faltante fiscal que, los expertos calculan en 4.5% del PIB y, un desajuste de las cuentas externas, el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, cercano a 4% del PIB. Cifras mayúsculas que se cubren con endeudamiento externo. El país trabaja para pagar ese volumen creciente de deuda financiera, obligando a recortar la inversión social y de desarrollo.
En este entuerto económico nos han metido todos los gobiernos desde 1990 hasta hoy. En esta orientación están comprometidos la actual Unidad Nacional y el Centro Democrático, como herederos solidarios de ese erróneo modelo.
A esa situación económica difícil, se le suma la agria disputa por el control del aparato estatal entre las dos facciones en las que está dividida la élite nacional. Que, si bien toma la forma de discrepancias en el proceso de paz, en el desarme de la Farc –que si se les dieron muchas gabelas o ventajas, mayor o menor impunidad y mil argumentos falaces más–, en realidad esconde la pelea por el poder, toda vez que participar de los grandes negocios y su repartición, lo garantiza controlar o no en el gobierno.
Con un país en bancarrota que, no puede dar respuesta a las necesidades de sus gentes, donde el trabajo es escaso y la remuneración baja, donde los servicios sociales son de mala calidad o no se prestan, sin autoridades respetables porque los gobernantes han caído en la corrupción y el enriquecimiento fácil…, en un país así las peores lacras de la sociedad, en todas las manifestaciones del delito y la criminalidad, proliferan y se extienden sin control, haciendo invivible el entorno cotidiano de las mayorías trabajadoras.
Esta es uno de esos instantes de la vida de los pueblos, donde la desazón acongoja el corazón y amilana el espíritu de lucha, pero donde no queda alternativa distinta de ponerse en pie, sacar las lecciones pertinentes, tomar los correctivos que sean necesarios y continuar en la dura y permanente tarea de construir sociedad.
