Un estado constructor de violencia
Estamos ad portas de cumplir el bicentenario de la independencia. En materia de justicia no hemos avanzado como lo exigen los tiempos y los anhelos humanos. Ha habido mucho ruido y pocas nueces. Les damos culto a tanto “héroes” que han sido los más cínicos villanos, -hay que leer la historia con sentido crítico y sin actitud visceral marcados por pasiones partidistas-. Para llegar a democracias como las de los tigres del Oriente, a saber, Japón, Corea del Sur y Singapur, hace falta mucho trecho. Hay mucho discurso sobre la paz e incluso, no cabe duda, será el arma, entre otras, de la próxima campaña electoral, -por favor, electores, no sean ilusos, no se dejen embaucar por palabras que no están respaldadas por los hechos y la vida de los candidatos-. Obras son amores y no buenas razones. La vida y la conducta de una persona, son la mejor garantía -dentro de los límites humanos-, para poder optar por la propuesta más acorde con las exigencias del presente. Ya hemos dicho en más de una ocasión que los dos grandes flagelos de la paz en Colombia son: LA CORRUPCIÓN Y LA IMPUNIDAD. No solamente hay corrupción en los robos flagrantes y descarados que se evidencian con alguna frecuencia; también hay corrupción cuan do un funcionario cobra “peajes” al servicio solicitado por el ciudadano. Un funcionario paquidérmico y negligente es constructor de violencia; un gobernante que no traduzca en su gestión lo prometido, además de generar escepticismo, en sus electores, lleva a los ciudadanos a tomar alternativas extremas que pueden resultar más funestas que las que ha padecido. Un pueblo cansado con tantas promesas e injusticias, lo puede llevar a elegir a los más demagogos y populistas. El ciudadano honesto y trabajador paga sus impuestos y lo mínimo que puede pedirle del Estado es que su vida, honra y bienes, sean protegidos. Al ciudadano no le preocupa si la empresa que debe prestarle los servicios sea estatal o privada, lo que quiere es eficiencia en la respuesta a la solicitud presentada. La experiencia muestra que hay que achicar al Estado y entregarle responsabilidades a la empresa privada -con buenos controles-, para que los ciudadanos reciban los beneficios a los tributos que paga. En los países en donde hay dictadura de partido, el Estado lo hace todo y habría que ver cuántas injusticias se cometen: ofrecen pan a cambio de perder la libertad. Quien disienta es condenado a las tinieblas exteriores. Cuando era estudiante en Roma, tuve la oportunidad, después de trabajar como obrero en la Mercedes Benz, viajar a los llamados en esa época, “países de detrás de la cortina de hierro” y ¡qué diferencia! Definitivamente, con todos los problemas que tenemos, me quedo en los países de Occidente: aquí podemos disentir, buscar alternativas políticas, allá un monopolio absoluto de partido y se llaman, ¡qué descaro!, repúblicas populares. No quiero significar que los países capitalistas sean un paraíso. Entre nosotros, hace falta mucho para llegar a una madurez democrática y a un Estado que respete la cultura de los colombianos y sea la expresión de la justicia para todos.
