UN BUEN INTERROGANTE
Mientras se mantenga la expansión exponencial de la Covid-19 en el país, será muy difícil volver a recuperar la normalidad académica en las instituciones educativas y universidades en el país. Para las autoridades regionales y locales, se les ha vuelto una papa caliente la autorización del gobierno nacional para regresar a las aulas, a partir del primero de agosto. Se preveía que algunos colegios privados y públicos podían regresar a clases a través de un modelo de alternancia. O sea, se podían combinar los sistemas de sesiones virtuales con clases presenciales, con el ánimo de recuperar la dinámica educativa que desea la niñez y los adolescentes para volver a las aulas escolares, que, desde la tercera semana de marzo, se tienen suspendidas, producto del aislamiento preventivo obligatorio.
Pero la realidad es otra. Los indicadores crecientes de contagios y muertes por causa de este virus mortal, provocó un efecto dominó en contra de esta determinación gubernamental. Diversos gremios de docentes y padres de familia rechazaron de plano esta iniciativa, dadas las condiciones críticas sanitarias que padece la sociedad colombiana. La prevención, ante todo. En nuestro país, no se pueden presentar las situaciones presentadas en otros países, donde reiniciaron las labores educativas, y a los 15 días, les tocó reversar las decisiones gubernamentales, por la ola de contagios que se volvieron a presentar en dichas regiones.
Los docentes deberán continuar con su viacrucis. Y es que, si bien la pandemia ha transformado la vida de la mayoría de las personas, hay oficios en los que el cambio ha sido más drástico y con más proyección hacia el futuro. Así ocurre con la docencia. Hoy se ve lejano volver a desarrollar las actividades académicas en todos los niveles en un marco de normalidad. Es decir, con estudiantes en salones, laboratorios o cualquiera sea el espacio, uno cerca de otro, pero también con entornos informales de socialización como las cafeterías o los pasillos de los centros educativos.
No obstante, los meses pasan y crecen las desventajas de la educación remota. La conectividad necesaria para las clases virtuales es un poderoso factor de inequidad entre ricos y pobres, entre ciudades y áreas rurales. Por problemas de infraestructura y de falta de computadores, los niños de menores recursos terminan aprendiendo menos y rezagándose.
Muchas familias tienen dificultades para tener acceso a las Tics, que han imposibilitado desarrollar esta tarea de una manera eficiente y óptima. En las ciudades y el sector rural, la situación es difícil. Conexiones de banda ancha colapsan cuando varios en el hogar las utilizan para videoconferencias. Con la seguridad y la salud de los niños como prioridad, aún no es momento para ese regreso masivo.
