Tristeza y desengaño: Día de elecciones
Las elecciones ocupan nuestra atención. No podemos decir que se ha cerrado el debate. No ha habido debate. Los improperios, las acusaciones y las formas de hacer una política en contravía de la democracia y del sello de respeto, de moral, de ética y de compromiso ciudadano, han sido relegadas por el vituperio, por la afrenta, por el atropello en todos los sentidos, donde el lenguaje que se ha utilizado es el arma más poderosa al que se ha recurrido para generar ese caos, esa incertidumbre y este desasosiego que se nos vino encima al momento de decidir en las urnas.
Estamos convencidos de que ninguno de los candidatos ha hecho un diagnóstico de la realidad política social y económica de su Departamento o de la Alcaldía que se pretenden gobernar. Se han limitado a ver la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga que tienen al frente.
Se ha sostenido y se ha reiterado que los electores en el momento decisivo, deben volver por buscar entre los candidatos el ciudadano que sea un ejemplo de servicio a la comunidad, que haya trasegado y haya recorrido la función pública de la manera más pulcra, con conocimiento de causa y con un buen legado que venga incluso de su propia familia, que sea guía y que proyecte un programa de gobierno acorde con la realidad social a la que se va a ver inmerso, cuando el presupuesto y la economía de un país, está cifrado por un alto índice de corrupción que ha desgastado todos los niveles de la moral y ha contaminado a aquellos que se decían que provienen de buenas familias, de cunas nobles y de ancestros de viejo abolengo.
Hoy, cuando en torno a muchos candidatos se encuentran ese grupo de sinvergüenzas que están ad portas de ser consejeros de los nuevos funcionarios y que a partir de la lisonja y de la alcahuetería se ponen de lado de unos para empañar la imagen de los otros, es cuando tenemos que descubrir que no todo lo que brilla es oro, que en medio de esta realidad social, hay quienes se consideran convidados y ungidos por méritos que no les corresponden y se pregonan los mensajeros de los detentadores del poder, cuando la realidad nos enseñan que muchas provincias, muchos pueblos, se estancaron por siempre y para siempre, en un letargo que nos les permite salir adelante, por esos oficios que sus propios hijos, quienes desde las altas cumbres del poder, no lo han sabido utilizar en beneficio de sus pueblos, por andar pendientes de jugaditas del destino, que nunca más se repetirán en su favor.
Es triste y vergonzoso ver como las grandes mayorías, que se traducen en unos pocos electores, están compuestos por esa clase media que amparada en el sueño de mantenerse en la función pública o en los cargos en los que se encuentran, se aferran a hacer un proselitismo mendicante, a ellos se les suma ese grupo de profesionales y jóvenes emergentes que buscan un contrato, un padrino político, un puesto o porque no, una merienda en el momento de la repartición del poder, por mínima que sea, pero que les alivie, esa angustia transitoria de su existencia, esa aflicción que se produce por las afugias propias de la vida. Muchos de ellos, con capacidad para triunfar por sí solos en la vida, pero que han visto frustradas sus esperanzas, por la manera como el manzanillismo y la vida fácil, premia a los que no se lo merecen, o porque quieren aprender los malos oficios de la politiquería.
El día de elecciones, será un día significativo para unos pocos, quizá para quienes terminen eligiendo a sus dirigentes, por cuanto se recibirán dádivas, alimentos, transporte y se podrá, por un solo día, vivir una emoción que muy pronto, con el paso del tiempo, será la fuente de la desilusión, de la tristeza y del desengaño.
Por todo esto, seguiremos en el abandono, en el atraso y en la inseguridad más grande que crece en este devenir que sin querer, nosotros mismos nos hemos impuesto, a cambio de una supuesta democracia y de una corrupción que no tiene límites, y nos ha contagiado hasta en el momento de sufragar, por culpa de la ignorancia y la resignación de las grandes mayorías de colombianos.
