jueves, 02 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2020-04-11 05:07

Tribulación y esperanza

Escrito por: Ernesto Cardoso Camacho
 | abril 11 de 2020

Cada día que se conoce el doloroso avance de víctimas mortales y del creciente número de personas contagiadas con el COVID-19, así como las consecuencias inevitables y devastadoras en la economía global que la pandemia está generando; es evidente la tribulación que en cada ser humano se experimenta ante la incertidumbre a que estamos sometidos.

No ha sido suficiente la soberbia natural del hombre; la codicia de quienes dominan las naciones a través de la economía y la política; la arrogancia que ha generado el desmesurado desarrollo tecnológico y científico; ni la completa inversión de principios y valores, reemplazados por nuevos paradigmas culturales donde lo que subyuga es el dinero con el cual se compran los placeres que ofrece el mundo material; para que entendamos o recordemos la fragilidad que nos caracteriza.

El confinamiento obligatorio ha silenciado el ruido y la estridencia. Ha ocultado la feria de vanidades humanas obligándonos a reconocernos de nuevo como hermanos que estamos destinados a ser solidarios y fraternos. Ya estamos recordando que la comunicación personal, el diálogo, es la oportunidad de zanjar las diferencias pero sobretodo de acercarnos a los sentimientos, alegrías y  dolores que todos experimentamos.

La pena, la aflicción que nos rodea; nos permite recordar “El Decamerón de Boccaccio que nos cuenta la historia de unas cuantas personas que se reúnen para distraerse contando historias en los momentos de terror y tribulación general durante una cruel epidemia”.

En los momentos de oscuridad y de la prueba, es cuando el ser humano vuelve los ojos a su interior para recordar que es inmortal, pues todo lo que deslumbra en el mundo material es vano y pasajero, y que lo que permanece inmutable es el Espíritu y allí es donde florece la grandeza del hombre.

Muchos creyentes pensamos que no es una simple coincidencia el que esta agresiva pandemia haya ocurrido en los mismos tiempos en que  celebramos la Cuaresma; camino de recogimiento, arrepentimiento y conversión; tiempo que nos permite recordar la pasión, crucificción y muerte de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

La Semana Santa que constituye la más grande revelación de la doctrina Cristiana, nos conduce inexorablemente a comprender el profundo contenido de la Esperanza, pues ésta fortalece nuestra fe al tener la certeza de que nos espera la “ vida eterna” que alcanzaremos gracias a la resurrección de Cristo que triunfó sobre la muerte. No es Dios quien nos castiga con las pandemias y los desastres naturales, pues siendo el creador del universo, nos otorgó el libre albedrío para discernir el bien del mal, al tiempo que le otorgó a la naturaleza sus propias condiciones para expresarse libremente.

En ésta incertidumbre que nos causa la tribulación conviene recordar que tenemos esperanza y para ello, con respeto de mis amables lectores, traigo a colación un fragmento del Salmo 27,1 que expresa: “ El Señor es mi luz y mi salvación, ¿ a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida, ante quien temblaré?”.