Tormentas que atormentan
Por: María del Carmen Jiménez
Las tormentas de orden institucional, político, jurídico, social, entre otros, que hemos presenciado desde la cotidianidad de nuestras vidas en los últimos días en Colombia, generan intranquilidad. Las objeciones a la JEP que por fortuna para la Paz y la democracia fueron rechazadas mayoritariamente por el legislativo, la renuncia del cuestionado Fiscal para no acatar el fallo de la Justicia Transicional en el caso “Santrich”, el interés de algunos por deslegitimar los Acuerdos de Paz, la fallida iniciativa de convocar la Constituyente que sin duda generaría ruptura institucional, la revelación periodística del New York Times que reportó, según fuentes internas de la Institución militar, directivas suscritas por el Comandante del Ejército, y que, acorde con el análisis de expertos, podrían reeditar los falsos positivos de la década pasada, originados por la presión a militares para mostrar resultados operacionales sin exigir perfección en los mismos , aduciendo que “se pueden hacer operaciones con un 60-70 por ciento de credibilidad y exactitud”, y se les orienta a hacer lo que sea para mostrar dichos resultados. Todo esto atormenta a los demócratas y produce escalofrío.
Ese capítulo de horror y muerte de las ejecuciones extrajudiciales en Colombia no se puede repetir, como no se pueden repetir los oprobios vividos en más de medio siglo de conflicto interno en nuestro país. Por eso es imperioso defender los Acuerdos de Paz y su implementación.
No podemos regresar a la Doctrina de Seguridad Nacional que hace décadas, generó militarización de la vida civil, degradación del conflicto donde la población fue afectada por las dinámicas de la guerra, lo cual generó violación a los Derechos Humanos y el DIH , ni a la la época de la Política de Seguridad Democrática que retomó los principios de esta doctrina y desconoció la existencia del conflicto social armado para convertirlo en una guerra contra el terrorismo donde todos eran sospechosos. Acorde con los planteamientos de Fals Borda, esta política irradió valores sociales adecuados a sus fines, mostró el autoritarismo con ropaje del padre duro y gritón que salva a sus hijos de todo mal. Se originó un lenguaje sibilino para convencer a las masas sobre las bondades del régimen, cuando éste solo trata de mantener el statu quo, se alimentaron discursos y políticas guerreristas y arbitrarias. Por fortuna, hubo un proceso de paz – aunque imperfecto – nos enrumbó en la narrativa de la construcción de la misma y la implementación de los acuerdos. En él participaron Generales de la República, militares en ejercicio y retirados que entendieron que la Paz es el camino y se apropiaron de la Doctrina de los Derechos Humanos.
No obstante, existe hoy una alarma profunda, generada por quienes pretenden devolvernos al pasado. Las directivas militares orientan para un país en guerra, no en postconflicto. Sería mejor medir la gestión militar por los índices de disminución de asesinatos de Líderes sociales, no por resultados de muertes. Algunos dirigentes políticos que añoran volver a empollar los tres huevitos, no quieren el proceso de paz hacen todo lo posible por obstruirlo y destruirlo. Si bien , el Gobierno del Presidente Duque, le bajó el tono a los cantos de sirena que propugnaban por una Constituyente, y por la ruptura de la institucionalidad en su alocución, en la práctica observamos que hará muy poco por el cumplimiento de los acuerdos de paz en temas claves como , la Reforma agraria , del Acuerdo Político incluyente, que permita una Apertura Democrática para construir la Paz ,en el Acuerdo sobre las víctimas que implica el fortalecimiento de la JEP, el Sistema de Verdad Justicia, Reparación y no Repetición. En la solución al problema de las drogas ilícitas su única pretensión es volver al Glifosato.
