TIEMPOS DE VIDA
Por: María del Carmen Jiménez
En medio de una sociedad que aún no se reconoce en su diversidad porque ha estado inmersa en el imperio de la mentira, el cinismo, en una historia de violencia usada como estrategia de conquista, de poder, de dominación política e ideológica, de exclusión, acompañada también del despojo de tierras, injusticias, desplazamientos, masacres y muerte; aún perviven señales de vida y esperanza.
El exceso de los poderosos en Colombia, de miembros de la policía y el ejercito que actúan en contravía de los derechos ciudadanos, de la paz y la convivencia, han llevado no solo a instancias del poder judicial sino a la ciudadanía a pronunciarse y exigir que cumplan con la Constitución y la Ley.
La Policía es una autoridad civil armada y no fue creada para agredir o matar. igual sucede con el ejército. Su función es defender la soberanía nacional, la independencia, la integridad territorial y proteger a la población civil. Lamentablemente se les forma en una doctrina de guerra, de agresividad y no de civilidad. Así mismo es un deber de todos y todas rechazar los excesos de quienes desde la ilegalidad cometen crímenes, violan los derechos humanos y siembran terror. A ellos también debe caerles todo el peso de la ley.
Es a partir del duelo por tantas pérdidas, de las heridas que nos causó el conflicto colombiano, de la desnudez de la desigualdad y la pobreza prevaleciente en nuestro país, que se debe asumir el protagonismo para acercarnos a otro relato de nación, que analice la complejidad política atravesada por diversas formas de violencia, que amplíe la mirada sobre el significado de reparar, que genere conciencia para no repetir, para trascender el dolor y el lugar de las víctimas, para generar procesos efectivos de participación , de inclusión y cumplimiento de derechos. Es imperioso repensar la historia y abrir ventanas a la comprensión de una nación diversa, multicultural y pluriétnica, para entender y reconocer la Colombia profunda contenida en nuestra Carta Magna pero que no se refleja en la realidad.
Conversar, dialogar y respetar a los contrarios da señales de vida y esperanza. Asumir la diversidad y la pluralidad amplía la perspectiva para abordar la vida, la historia, las relaciones sociales, la formación del estado nación, los encuentros y desencuentros. La uniformidad y el fundamentalismo no permiten ver la existencia de otros mundos posibles, no iluminan la memoria, ni valoran ni reconocen las luchas por el fortalecimiento del Estado Social de derecho.
En este tiempo urge el deseo profundo de comprender, de perdonar de seguir viviendo sin el resentimiento que suele quedar como herencia después de tanto oprobio. Es tiempo de vida y no de muerte. Es tiempo de escuchar la voz del pueblo y las comunidades, de garantizarles sus derechos para vivir con dignidad, de avanzar hacia la equidad y la justicia social, de reconstruir la relación con los otros y otras. Es hora de reconvertir esta tragedia nacional de agresión y muerte en vida con dignidad.
