Tiempo de crisis
Lo que viene ocurriendo en diferentes aspectos de la humanidad permite concluir que estamos atravesando una fuerte crisis de los valores culturales, económicos, políticos y sociales que, inclusive, se observa también en la permanente evolución del planeta como lo estamos presenciando en los diversos continentes con ocasión de los recientes fenómenos naturales.
Dicha crisis pasa también por los valores éticos y morales que constituyen el soporte fundamental de las creencias religiosas, las cuales permiten trascender la esfera material del ser humano para alcanzar su dimensión espiritual que le es consubstancial.
En nuestro caso, la sociedad y el Estado no están indemnes de ésa crisis, pues se manifiesta especialmente en las concepciones ideológicas que pretenden incidir en los demás aspectos de la realidad nacional. Es decir, su influencia es evidente en los temas políticos, sociales y económicos, aunque en menor medida en los referentes culturales, quizás porque en buena parte, la globalización cultural ya tiene su propia influencia a través de la internet; de los medios masivos de comunicación y muy especialmente por la enorme presencia de las llamadas redes sociales.
En la aldea global coexisten hoy regímenes políticos y económicos de diversas tendencias ideológicas pero al mismo tiempo crecientes inconformidades sociales, raciales o étnicas; así como preocupantes manifestaciones de intolerancia religiosa especialmente provenientes del fanatismo islámico que viene apelando al terrorismo; al tiempo que, ya se observan reiteradas consignas del nacionalismo hirsuto que promueve el cierre de las fronteras para evitar a los inmigrantes.
En todo éste contexto de la geopolítica global, es evidente el retorno de proclamas que curiosamente pretenden abolir los sistemas de integración económica como en el caso de la Unión Europea; las decisiones de Trump en E.U; las movidas estratégicas de Putin en Asia; y los más recientes de Alemania con el resurgimiento de la extrema derecha pronazista; los cuales se explican en buena parte, por la crisis económica que tiene su máxima expresión en el desempleo y la falta de oportunidades para la población más joven e ilustrada.
En nuestro caso, la crisis es innegable en casi todos los aspectos. La economía sufre una aguda recesión; el desempleo es creciente así como la informalidad laboral; los servicios esenciales como salud, educación, seguridad y justicia son cada vez más ineficientes; la destrucción desaforada de los recursos naturales amenaza la biodiversidad con la eficiente ayuda de las bandas criminales y el ELN; la inequidad social se extiende en contravía de la propaganda oficial; el déficit fiscal y la deuda pública interna y externa alcanzan cifras preocupantes; y las protestas sociales son cada vez más recurrentes.
La crisis de nuestras instituciones democráticas está tocando fondo, pues basta con observar la anarquía de los partidos políticos hoy acentuada con los candidatos por firmas; la indebida inherencia del ejecutivo en el legislativo y la rama judicial; la evidente ineficiencia de los órganos y niveles del Estado para satisfacer las crecientes necesidades ciudadanas; el peligroso enfrentamiento de las entidades territoriales y sus pobladores, con el asfixiante centralismo bogotano a través de las Consultas Populares en los temas ambientales y minero-energéticos; el crecimiento de los cultivos ilícitos que estimula el microtráfico que a su vez acentúa la inseguridad ciudadana; y la minería criminal que devasta los recursos naturales, entre otros.
Para aumentar los niveles de la crisis, el Acuerdo de Paz ha generado una inquietante polarización ideológica y política dividiendo a los colombianos en forma arbitraria entre “ amigos de la paz y amigos de la guerra”; AF que además sustituye aspectos vitales de la Constitución como el sistema judicial y la separación de poderes.
Pero sin duda la mayor y más preocupante crisis es la de los valores y principios éticos y morales de quienes ejercen las responsabilidades públicas, pues la aberrante corrupción que estamos padeciendo tiene como principal causa la codicia humana que ha sustituido a Dios por el dinero y el poder.
