Soplaré y soplaré y tu casa derribaré
Por: Carolina Salazar Rincón
Es la frase que gritaba el lobo en el cuento a Los Tres Cerditos después de construidas sus casas para protegerse de ser devorados: una en paja, otra en madera y la última en ladrillo que el lobo no pudo derribar. Y se me viene a la memoria cada vez que sabemos de las consecuencias causadas por fenómenos naturales -mal llamados desastres naturales- como los ocurridos en las últimas semanas en el Caribe, la Florida y México. Porque la tierra es dinámica y tanto la corteza terrestre o rocas que componen la geósfera, como la hidrósfera y la atmósfera están en continuo movimiento e interacción.
Pero aunque las consecuencias tienen una relación directa con el cuento (y depende de nosotros eliminar nuestra vulnerabilidad), las causas sí son diferentes; lo menciono porque he leído en las redes sociales que lo ocurrido “es una venganza del planeta”.
En el caso de los sismos, la gran mayoría son causados por el deslizamiento de las placas tectónicas que conforman la corteza terrestre. Algunos sismos más pequeños sí pueden ser causados por el fracking en lugares cercanos a esta actividad, pero lo ocurrido en México no tiene que ver con ello; los choques de las placas suceden donde el ser humana no tiene injerencia.
Los huracanes y las tormentas tropicales en cambio se generan por la interacción de la hidrósfera y la atmósfera y aunque siempre han ocurrido, su incremento sí es una consecuencia directa del cambio climático. Afirmo esto porque aunque no soy experta, sé que los huracanes y tormentas tropicales se forman cuando la temperatura de la superficie del mar aumenta a 27ºC o más. Según el Centro de Noticias de la ONU “El calentamiento global hace que la atmósfera en zonas tropicales contenga más vapor de agua” y “Un estudio regional demostró que la actividad humana ha provocado que las aguas del Golfo de México aumenten de temperatura”.
Ya en 2007 la página jornada.unam.mx había publicado el artículo “El calentamiento global sí ocasiona aumento de huracanes y tormentas”, escrito por Steve Connor del periódico inglés Independent, en el que decía que se estaban formando el doble de huracanes que hace un siglo y que científicos del Centro Nacional de Investigación Atmosférica, en Boulder, Colorado (Estados Unidos) no pudieron demostrar que el incremento de huracanes se deba a alteraciones naturales, “por lo que lo atribuyeron a la elevación de las temperaturas de la superficie marina causada por los gases de efecto invernadero”.
Entonces, independientemente del lugar en el que nos encontremos y de las acciones que debamos emprender para no contribuir con el aumento del calentamiento global (ser consumidores responsables, proteger con criterios ecológicos los ríos, quebradas y escorrentías, y recuperar los bosques de las regiones que habitamos) los gobiernos locales deben aplicar adecuadamente las herramientas previstas en los Planes de Ordenamiento Territorial; y todos debemos disminuir al mínimo la vulnerabilidad o exposición al riesgo, respondiendo a preguntas como esta: ¿Qué tan bien ubicado estoy, qué tan bien construida está la casa y/o edificio en el que vivo y trabajo (con la normativa vigente) y qué tan entrenado y equipado estoy para afrontar la amenaza?
Si respondió “bien” o “muy bien” habrá entendido el mensaje del clásico cuento, como lo demostró en su mayor parte la Ciudad de México la semana pasada. De lo contrario, no sólo se convertirá en víctima potencial de posibles desastres, sino también en responsable directo de serlo.
