viernes, 03 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2019-09-13 03:35

Síntomas de la enfermedad

Escrito por: Ernesto Cardoso Camacho
 | septiembre 13 de 2019

 

Es de conocimiento generalizado que la enfermedad del cuerpo humano se manifiesta a través de los dolores o la fiebre, aunque excepcionalmente algunas de ellas no presentan síntomas visibles y las llaman silenciosas.

Similar fenómeno ocurre con las enfermedades de la sociedad. Muchas se han expresado a través de revoluciones; otras a través de dictaduras constitucionales, así como de tiranías que desprecian por completo la dignidad del ser humano; y otras que siendo democráticas, lenta pero perceptiblemente empiezan a mostrar su agotamiento que abre opciones impredecibles como en la llamada “ caja de pandora “.

En la sociedad contemporánea que algunos llaman de la pos-modernidad, donde se ha generalizado el sistema democrático en sus diversas vertientes, al punto que con muy contadas excepciones, los antiguos regímenes comunistas han morigerado su legendaria dominación totalitaria para abrirse a la economía de mercado; es evidente que dicha democracia como expresión del gobierno de las mayorías que triunfan en las urnas, adolece de severas enfermedades que la tienen en crisis por fenómenos sociales como la migración, el nacionalismo, el desempleo y la crisis del capitalismo industrial y financiero.

Es también evidente que las democracias del llamado tercer mundo o emergentes, a la que pertenecemos en Colombia, viene mostrando síntomas de agotamiento preocupantes a través de enfermedades como la corrupción política; la violencia; la inseguridad ciudadana; el desempleo, la inequidad social; etc; elementos que se conjugan para expresarse a través de la desconfianza en las instituciones; del rechazo a los partidos políticos y a sus dirigentes; de la polarización ideológica entre izquierda y derecha; síntomas indiscutibles que expresan el malestar social donde la incertidumbre le abre paso a la anarquía y el caos.

Con lo que se viene observando es viable entender una cruel paradoja, según la cual, con la Constituyente del 91 se quiso abrir la democracia al pluralismo; mejorar la justicia; avanzar en las conquistas sociales para “ cerrar la brecha “ de la inequidad; modernizar las instituciones y mejorar la calidad de vida de nuestra población. Como propósito esencial, se quiso conquistar la paz con los diversos grupos insurgentes alzados en armas para conjurar los fenómenos de la violencia recurrente.

Hoy, 28 años después, de ese pluralismo político nos ha quedado un sistema que ha degenerado en el peor clientelismo electoral, donde la corrupción campea en todas las latitudes; y en donde los partidos y movimientos vienen perdiendo credibilidad y confianza de la ciudadanía, pues los problemas crecen, las soluciones no aparecen y la actividad política la han convertido en un mercado persa en donde cada quien busca su propio beneficio personal.

Por otra parte, si bien es cierto han mejorado ciertos indicadores sociales, el crecimiento de la población ha conducido a exigencias mayores en servicios de salud, educación, vivienda, empleo, justicia y seguridad ciudadana; servicios esenciales que el Estado y sus instituciones deben proveer con oportunidad y calidad, pero los cuales son claramente deficitarios o de mala calidad, especialmente por la falta de recursos que se enredan en las mafias de la corrupción.

En relación con la conquista de la paz, aunque se logró la desmovilización y reinserción de guerrilleros y paramilitares, todavía seguimos padeciendo de altos índices de violencia y criminalidad estimulados por el narcotráfico y la minería ilegal.

Por los recientes hechos generados desde la dictadura de Maduro la falsa ilusión de paz vuelve al escenario causando desconcierto e incertidumbre. Los esfuerzos del presidente Duque se ven amenazados por la politiquería y el clientelismo, agudizando los síntomas de la enfermedad social que podría conducirnos a la anarquía y el caos, caldo de cultivo para cualquier aventura populista de izquierda o de derecha.