Síndrome de la comunicación
Aquí utilizo la palabra síndrome, tomada de la medicina y aplicada en este caso a un conjunto de síntomas que se constatan en la vida diaria, en uno de los colectivos culturales que cada día tiene más adeptos: querer estar a toda hora hablando con alguien y no ciertamente con quien se comparte la casa, la familia. Es como una especie de ansiedad de estar “conectado” con el medio externo. ¡Qué ilusión en la comunicación, qué engaño! Por estar con los de “afuera” se pierde totalmente la comunicación con los de adentro. Hemos llegado al colmo de la grosería y del enorme irrespeto al otro. Casos como los que describo a continuación son una muestra del universo del problema a nivel global. Permítame decirle: toda obsesión es síntoma de un desequilibrio mental. Observe usted las conferencias, cuando viene un alto funcionario del gobierno: todos están atentos, sí, concentrados en sus asuntos personales, negocios, deportes y muchas conversaciones ridículas. ¡Qué falta de respeto con el conferencista, para decir lo menos! El funcionario que a la par que le habla al cliente, está atendiendo una llamada o como se dice con un neologismo, está “chateando”, -léase conversando- al otro lado de la onda. Le importa un pepino el ciudadano que llega a solicitar un servicio al que el funcionario debe atender -para eso le están pagando con el dinero de los contribuyentes, entre otros, de la persona que está frente a usted-. Estamos en mora que se prohíba en forma taxativa el uso del celular en las oficinas y lugares de trabajo. Si quiere hacer visita sálgase de la oficina y dedíquese a atender a los de fuera a ver si le es más rentable. ¡Ah!, para cobrar la mensualidad, muy puntual, ¿verdad? Hay personas que están a toda hora oyendo o viendo noticias: hay como una especie de paroxismo por las mismas, no dejando tiempo para compartir con la familia. Tal conducta expresa un vacío mental. Observe las “conversaciones” de la gente en un restaurante: se sientan a la mesa y cada uno vive su mundo, el eficiente servicio del whatsapp ocupa todo el tiempo del encuentro. ¡Qué grosería! Se ignora completamente al otro. Si hay algo hermoso es dialogar, es encontrase con el otro. ¿Para qué sentarse a manteles si usted ignora al otro? Ignorar al otro es mayor grosería que emplear las expresiones más soeces. Cómo me gustaría que no hubiese servicio de internet en los restaurantes, en los templos, en los buses, en los comedores de familia. Saben, ¿dónde debe haber internet? En las salas de espera, sobre todo las de los altos ejecutivos, las de los médicos y en los lugares de atención al público, en donde por la ineficiencia de los funcionarios, se forman largas filas esperando la lentitud del empleado de turno quien está ocupado atendiendo una llamada o socializando con los compañeros de dependencia el último partido de fútbol. Por allí no existe el más mínimo respeto. Toda la filosofía de la calidad total se ha quedado en simple moda; con la obtención de la certificación está cumplido el proceso. ¡Qué engaño!
