Sin salida
Por Fernando Giraldo
Violencia hemos tenido, lo que no hemos tenido es justicia social. No son los ciudadanos quienes con sus reclamos están en contra de la democracia; son aquellos que no negocian, que sólo conversan para que los demás los escuchen, quienes dan pruebas de estar en contra de la democracia para todos; pues solo defienden la democracia para pocos, los de siempre: unas minorías centenarias y hereditarias, por derecho divino u origen social y posición dominante.
Esto no tiene salida; si a preguntas y reclamos de los ciudadanos no hay respuestas, sino ofertas vacilantes de conversaciones que no concluyen, entraremos o seguiremos en una encrucijada, la misma de siempre; la diferencia está en que en esta oportunidad los ciudadanos están en la calle y quieren respuestas.
“La gente quiere la democracia, pero no cree en quienes gobiernan”, dice Manuel Castells. La mayoría de los ciudadanos quiere la democracia, pero no acepta las injusticias; quiere la democracia, pero no quiere violencia, no importando su origen (incluyendo el abuso o la manipulación que se orquesta o que se justifica en el monopolio de la fuerza por parte del Estado, como si la mentira o las intencionalidades de los gobernantes y de sectores privilegiados fuesen validos por principio o definición). Los ciudadanos quieren la democracia, pero menos al Estado; sobre todo aquel que privilegia intereses de grupos poderosos así sean invisibles.
Algunas evidencias indicarían que nuestros gobernantes y políticos siguen sin entender lo que está pasando, o lo entienden pero no les importa (en este caso no podrán encontrar una solución consensuada); y la que resultase, por inercia, corre el riesgo de ser equivocada. Si es lo primero es muy grave, pero si es lo segundo es más grave todavía.
Desde mediados del siglo pasado, el problema de los colombianos se identificaba en las guerrillas, luego en las disidencias, después en las protestas, continuaron después con endilgarle a la oposición toda la culpa de lo que está pasando, más adelante a la diversidad de reclamos que se convirtió en un argumento para no resolver nada. Como si la complejidad del momento (en parte estructurada por la pluralidad del malestar ciudadano) sirviese de pretexto para no atender nada. A estas alturas del partido, es imposible dejar de pensar que la preocupación principal, de quienes históricamente han decidido y gobernado el país, son las elecciones de 2022 por la dificultad creciente que tiene el establecimiento de retener el poder. Entre más nos neguemos a escuchar los reclamos sociales de los ciudadanos más desprotegidos, y por disponer de una democracia más allá de las urnas, la incertidumbre se nutre en la imposibilidad de imaginar quiénes serán los gobernantes del futuro.
Hay sectores minoritarios, y escasamente proclives a una democracia incluyente, que creen tener la manera de lidiar con los problemas tal como lo han hecho en el pasado. Identifican el malestar ciudadano de hoy como el mismo de siempre. Y entonces, se inclinan a pensar que, en esta oportunidad, todo se va a superar igual que desde los albores de la República. Se reduce la interpretación del actual clima político a una antesala de la lucha electoral del 2022; de ahí que todo se tramite como si fuese un tema político de seguridad o de supervivencia de la democracia, y no por su dimensión social, de ciudadanos, no de políticos. Son los poderes invisibles, detrás del presidente de la República, quienes nos colocan en una sin salida.
