Siento que se me desprende el alma
Por: María del Carmen Jiménez
En este artículo están presentes todas las víctimas : las del conflicto interno y la guerra vivida por más de seis décadas que ascienden a 8’376.463 (según el Registro Único de Victimas), las que padecen violencia intrafamiliar y de género, las víctimas que están inmersas en la pobreza extrema, los 2.4 millones que padecen el flagelo del hambre en Colombia.
La Paz, bien superior, anhelada por la mayoría se distancia cada vez más. La ONU demuestra que la violencia se desbordó en 2018 y no se vieron estrategias para atender a las víctimas afectadas por la guerra. Este año no ha sido fácil para nuestro país por cuanto las necesidades humanitarias son mayores, el conflicto se reactivó y la migración creció. El alivio humanitario, vivido a raíz de la firma de los acuerdos de paz en muchas regiones golpeadas por el conflicto, se desvanece por el repunte de la violencia. La implementación de los acuerdos de paz poco avanza a pesar de ser una política de Estado.
Habitamos un país con desigualdades históricas distribuidas por regiones y grupos poblacionales que se ven limitados en el disfrute de sus derechos y el acceso a los beneficios del desarrollo. Seguimos teniendo una de las tazas de desigualdad más altas del mundo con un coeficiente Gini de 53.5. En este contexto los más afectados son la población rural y en particular las mujeres, la población indígena, los jóvenes, los afrodescendientes y las Víctimas del conflicto armado.
La inseguridad alimentaria campea. La desaceleración económica crece o lo peor, la recesión se siente. Por lo menos en el Huila el decrecimiento del producto interno bruto es evidente según el DANE. El autismo, falta de rumbo o desinterés del Gobierno Nacional para enfrentar y resolver las problemáticas más sentidas por los colombianos, genera mucha incertidumbre. Me sumo a la percepción de muchos que sienten que el doctor Duque preside pero no gobierna. Sus propuestas como candidato a la presidencia frente a la corrupción, la sostenibilidad ambiental, el impulso de la economía naranja no son coherentes con sus posturas y gestión como gobernante.
Por el contrario, su respaldo al fracking como forma de extracción del petróleo, el retorno de las aspersiones de glifosato para reducir la producción cocalera, que genera daño ambiental y desplazamientos, así lo demuestran. La ley anticorrupción se abortó en el Congreso a punta de impedimentos y dilaciones, y la iniciativa de “Economía Naranja” aún no es del todo clara, solo se habla de emprendimiento y cultura pero no se explica quién va a financiar la demanda de ese mercado que se pretende crear.
Siento que se me desprende el alma frente a este panorama. El cual además está impregnado de abuso sexual, maltrato, asesinatos de nuestros niños, niñas, y líderes sociales, feminicidios, en fin, de violencia. Es hora de encontrar el rumbo y avanzar hacia el desarrollo humano sostenible y sustentable. La Esperanza sigue viva.
