Sergio Jaramillo y la paz territorial
Como consecuencia de la dejación del cargo como Alto Comisionado para la Paz, mucho se ha conocido en estos últimos días de Sergio Jaramillo y su participación en las conversaciones de la Habana. Sin embargo, como permanente seguidor del proceso de paz y reconciliación entre los colombianos, no puedo dejar de referirme, a quien es considerado por muchos, como el hombre clave para el presidente Santos en su empeño por acabar con un conflicto armado de más de medio siglo, que fraccionó el país dejando gran parte del territorio dependiendo en lo económico y en lo social de la insurgencia y otros grupos violentos.
Descendiente de Miguel Antonio Caro, uno de los lingüistas más importantes, estudió filosofía en la universidad de Toronto y realizó una maestría en Cambridge, filología en Oxford y un doctorado en Griego Clásico en Alemania. En principio, desde su vinculación como asesor al Ministerio de Defensa en el gobierno de Alvaro Uribe, pensó que era posible debilitar militarmente a las Farc, pero por su formación como hombre de letras, entendió que la negociación era indispensable para conseguir un país incluyente y se obsesionó con los territorios y la falta de legitimidad del Estado en ellos.
Jaramillo sostenía, en defensa de los diálogos, que para una efectiva construcción de la paz en el país, era necesario darle a su tarea un enfoque territorial y dedicó buena parte de su tiempo a reunirse con empresarios, gobernadores, alcaldes y en foros regionales con comunidades, reconociendo en la contraparte una dimensión política mayor a la imaginada. No solo diseñó la agenda de la negociación, sino su estrategia enfocada en el territorio, convencido de que los acuerdos de paz debían comprender mucho más que la desmovilización y desarme de un importante número de combatientes.
Mi reciente visita al municipio de La Macarena en el sur del departamento del Meta, para cumplir con el propósito de conocer Caño Cristales, destino turístico hasta hace unos meses restringido por el dominio de la guerrilla en la zona, me permitieron corroborar que Sergio Jaramillo tenía toda la razón. La gran cantidad de turistas nacionales y extranjeros a esta maravillosa región, hoy libre de insurgencia, ha generado un gran ambiente de optimismo entre sus moradores, que hoy derivan buena parte de sus ingresos del turismo. Baste decir que de setecientos visitantes en el 2008 pasaron a dieciséis mil quinientos en el 2017.