Sabiduría para discernir lo elemental
La Palabra de Dios para este Domingo 17 del tiempo ordinario nos ofrece la ocasión para hacer énfasis en el don de la Sabiduría, que según Salomón consiste “en un corazón sensato, para discernir entre el bien y el mal, y así poder gobernar un pueblo” (1 Re. 3, 9). Como son expresiones de quien pidió y experimentó este don de Dios tienen todo el valor del testimonio y la motivación, para el descubrimiento de lo esencial y las reacciones que debe provocar en cada uno de nosotros.
Frente a algo tan valioso hay que tomar postura coherente hasta llegar a dejarlo todo y seguir a Jesús, en un proceso de conversión que implica desprendimiento de todo lo que no sea esencial para el Reino.
En todo tiene que haber algo fundamental, que implique la mira exacta de nuestras aspiraciones humanas. El tesoro escondido, “antiguas guacas” que tantas leyendas enterradas nos contaron los abuelos; la perla preciosa, diferente a todas las que son de fantasía; y la pesca abundante que según el Evangelio antiguo de Tomás llevó al inteligente pescador a dejar el pez más grande y sano, y rechazar todo el resto, tienen estas parábolas un profundo sentido de valores y una toma real de decisiones en el campo espiritual.
Todos hablamos hoy de “inversión de valores”, que es precisamente todo lo contrario de este mensaje, pero lo hacemos en teoría y criticando a los otros, como si nosotros fuéramos los únicos sabios.
La sociedad de consumo nos manipula a todos, para estar al día y poner las prioridades económicas y lúdicas por encima de las exigencias del Reino.
En medio de la avalancha exagerada y desbordante de movimientos religiosos de toda índole, con mezcla de elementos orientales, budistas, hinduistas, con un gnosticismo mezclado de sentido pseudo-espiritual; un horóscopo con números y velas de la suerte que sirve de plato mañanero y de cena, para una búsqueda de caminos equivocados para nuestra felicidad.
Así la Palabra de hoy nos obliga a los pastores a repetir la oración de Salomón, para saber si estamos guiando a nuestras comunidades con un corazón dócil y una sabiduría de Dios. Aquí se trata del don de Dios y no de la falsa utopía de creernos siempre los sabios y los que tenemos la razón en todas las diversas tendencias del pueblo de Dios. Esta sabiduría de que nos habla del libro primero de los Reyes se traduce en la sencillez de Salomón que siendo rico y poderoso, acudió a su Dios para que lo iluminara y lo hiciera sabio de verdad.
La sencillez, decía el Papa Juan XXIII, “puede suscitar el desprecio y poca consideración entre los sabihondos, pero poco importa que los sabihondos puedan infligir alguna humillación. El sencillo es siempre el más digno y el más fuerte”.
Este Papa bonachón y sencillo, hoy declarado Santo, convocó el Concilio Vaticano II, con un gesto aparentemente insignificante de abrir las ventanas del Vaticano para que entrara aire fresco. Pidamos a Dios el saber discernir en el arca de nuestra tradición, lo que es valioso entre lo nuevo y lo antiguo, y el coraje para empezar a seleccionar y a descartar todo aquello que sirva de estorbo, para la búsqueda afanosa del Reino de Dios, aunque nos duela.
Volver a lo elemental del Reino, y en un despojo interno y externo, empeñarnos en quedarnos sólo con lo que vale la pena según la Palabra del Señor. “Todo el resto vendrá por añadidura”.
