Reglas de convivencia
Para poder convivir, es decir, vivir en paz, son necesarias unas mínimas reglas de convivencia. Los animales nos dan “ejemplo”. Los centenares y millares de hormigas, todas trabajando por una causa común, no tienen semáforos, ni policías de tráfico y no se estrellan. Las centenares y millares de abejas en un panal, todas trabajando en común, cada una desempeña un papel y ninguna rivaliza con la otra, ninguna quiere ser protagonista, ninguna mata a la otra o la maltrata; todas trabajan por el mismo objetivo. ¡Qué ejemplo! La maldita ambición del ser humano acaba con la paz de los pueblos. En toda la creación, no hay ser más conflictivo que el hombre. El ser humano no se contenta con nada, siempre quiere oprimir y explotar al más débil. No está fuera de tono la centenaria frase de Th. Hobbes en El Leviatán, parafraseando a Plotino: “El hombre es un lobo para el hombre”. Infortunadamente, con frecuencia lo es. En la historia de los pueblos, ¿qué pueblo no ha guerreado contra el más débil? Las masacres que ha cometido y sigue cometiendo el hombre son peores que la ferocidad de las hienas. Sin embrago, nos seguimos llamando civilizados. Además de ser feroces, somos cínicos. Los fundamentalismos religiosos que parecieran, habían desaparecido con el correr de los tiempos, han aparecido con una monstruosidad sin límites. De los cinco millones de cristianos que vivíamos en Siria, ya no quedamos sino un millón, en menos de un lustro. Ese genocidio no ha llegado a la sala de las Naciones Unidas. Pareciera que matar a cristianos es normal. El grupo terrorista fundamentalista Boko Haram arrasa con sevicia y sin piedad a cristianos y musulmanes pacíficos en Nigeria, Níger, Camerún, Chad y Malí por el solo delito de no seguir sus postulados. Aquí entre nosotros, en la vida cotidiana, somos terriblemente violentos: no respetamos las cebras, invadimos el espacio público con avisos, generamos una terrible contaminación visual y auditiva y no pasa nada. El tan cacareado Código de Policía queda letra muerta; aquello del libre desarrollo de la personalidad nos está matando. Esta es la ley de la jungla, gana el más fuerte; el que más grita es quien toma leche. Los derechos individuales tan proclamados por todos los medios, matan, con mucha frecuencia a los derechos colectivos. La ciudad resulta agresiva, por eso entre más alta sea la tapia, mejores son los vecinos. Hoy la ciudad vive enrejada, el Estado no garantiza el respeto a la vida y honra de las personas pero sí le cobra una cantidad de impuestos. Si no aceptamos unas mínimas reglas de convivencia, nos estaremos autodestruyendo. A pesar de todas las medidas que ponen las autoridades, el tránsito vehicular sigue siendo un caos, sobre todo las motos que pasan por todos los lados, cada quien hace lo que le da la gana, el civismo no se conoce ni por los forros. Las grúas viven llevando autos y motos parqueados en lugares prohibidos y la gente sigue irrespetando las señales y normas de tránsito. A este pueblo, ¿quién lo educa? ¡Qué cuero tan duro!; pareciera que tuviera cuero de burro.
