Regalaron’ el oro que nos quedaba
Por: Néstor Pérez Gasca
Desafortunadamente los seres humanos hemos figurado nuestra felicidad en cosas suntuosas, mundanas y bienes fungibles. La acumulación excesiva de estos crea un efecto de “grandeza” y poderío en el imaginario de sus poseedores. Estas riquezas ociosas no tenían la misma importancia para nuestros ancestros indígenas que para los colonizadores españoles, los amerindios habían concebido que el oro no tenía un valor material sublime, era un elemento más de la naturaleza con el cual hacían lanzas, objetos, adornos y otros.
Era tanta la riqueza ancestral en oro, que cuando llegaron los colonos, quedaron atónitos con las cantidades que abundaban en la tierra de aquellos seres que al parecer no presumían de las grandes riquezas a pesar de poseerlas, pues como lo he manifestado, el oro no tenía para nuestros antepasados un somero valor económico, sino cultural, religioso y chamánico; el indígena guardaba el oro material para rituales espirituales y procesos culturales de sus objetos de identidad.
Desgraciadamente por la avaricia extranjera, las más bellas obras de orfebrería indígena que representaban nuestro “tesoro”, nuestro patrimonio cultural en términos de su precio histórico y estético, fueron fundidas menospreciando el valor artístico para convertirlas en lingotes de oro. Por otra parte, las maravillosas piezas que se salvaron de los orfebres y sus calderas de fundición, fueron vendidas en el mercado negro para museos y acaudalados europeos hasta que el arqueólogo francés Paul Rivet (entre otros), en su primer viaje a Colombia en 1937, nos “abrió los ojos” a lo obvio, expidiéndose la Ley 163 de 1959 que reconoce que el patrimonio cultural de la nación está bajo la protección del Estado.
Lastimosamente el pago a nuestros orfebres indígenas no fue acorde con su talento, por el contrario fueron castigados por su “riqueza”, los plagaron de enfermedades, sistemas políticos y la religión, también fueron condenados a la barbarie, al esclavismo, el exterminio y cercenados de sus tradiciones y valores culturales.
“Es posible que por el sufrimiento” de nuestros antepasados, causado por los codiciosos del oro, el Banco de la República haya decidido “regalar” el 67% de nuestras reservas de oro a un precio irrisorio, “quizás” para “liberarnos” y olvidarnos de tanto sufrimiento vivido por el anhelado metal.
