Reflexiones
Por María del Carmen Jiménez
¿Doscientos años de qué? Fue la pregunta de mi pequeño nieto cuando izábamos la bandera el pasado 7 de agosto. Este interrogante me obligó por un instante a repensar nuestra historia para explicarle, con mucha pedagogía y un lenguaje sencillo para un niño de 5 años, el profundo contenido de la gesta libertadora, que con la batalla realizada en el puente Boyacá el 7 de agosto de 1819, definió la independencia del imperio español. Saqué a relucir mis dotes de maestra y le narré la historia, apoyada en videos, textos y mi propio relato. Le hablé del liderazgo de Simón Bolívar y tantos otros patriotas que lo acompañaron, del papel importante de muchas mujeres heroínas en el proceso de la independencia, incluida Manuelita Saenz la Libertadora del Libertador. Le aclaré que la independencia de España fue un proceso, no un acontecimiento de una fecha.
Inquieto me escuchaba. Más preguntas le surgían: ¿Entonces cuando ellos lucharon nuestro país no se llamaba Colombia? Eran muchos los amigos de Bolívar que peleaban en las batallas, pero los guerreros eran solo hombres, creo que Simón Bolívar era como Robin Hood, fue su conclusión.
Me desconcerté un poco. Vino a mi memoria la leyenda del bandido medieval justiciero, un proscrito personaje que encarnaba las demandas de justicia de las clases oprimidas de Inglaterra. Robin Hood es uno de los personajes de ficción más populares en todo el mundo que le gusta a nuestros niños y se oferta constantemente en la televisión. En cambio muy pocos programas televisivos, de prensa o radio aluden a nuestros héroes y heroínas de la independencia de España. Hasta la asignatura de Historia se borró del currículo en Colombia.
Aproveché luego para reiterarle a mi pequeño nieto que Bolívar era venezolano, defensor de la libertad y dignidad de los pueblos, jamás fue un forajido, fue formado desde los siete años por el mejor maestro de la época: Simón Rodríguez. Fue él quien le dijo a la madre y al abuelo de Bolívar: “Lo que este niño necesita es aprender del único libro que vale la pena estudiar…el libro de la naturaleza, por eso les pido permiso para llevar a Simoncito a la casa de campo y así empezar a enseñarle todo lo que necesita saber”. Nadar en el lago, aprender esgrima, montar a caballo, trepar palos de mango y cocoteros, realizar largas caminatas, en eso consistió su educación en sus inicios. Para enseñarle astronomía dormían bajo las estrellas y le indicaba a Simón las diferentes constelaciones hasta que se quedaba dormido. A medida que crecía Bolívar, el profesor Rodríguez empezó a prestarle atención a su desarrollo intelectual. Durante sus caminatas le enseñó a conocer las ideas grandiosas y libertarias de Jean Jacques Rousseau. Le enseñó a cultivar un buen corazón y le recordaba siempre que las únicas riquezas que vale la pena poseer son las de la mente y el espíritu. “Esa es la fortuna de la cual nadie nos puede privar le decía, todo lo demás en este mundo es transitorio”.
Exaltado mi nieto atinó a decirme: abuelita yo quiero un profesor así y quiero que me cuentes más de lo que pasó en la lucha por la independencia. Continuaremos, le respondí.
