Reconocimiento a una gran mujer
Por: Cielo Ortiz
Hoy quiero dedicar este espacio a una persona muy especial, a la mujer que me cuida, que está pendiente de mis hijos, que me aconseja, la que con el paso de los años se ha convertido en parte fundamental de mi familia: Mercy.
Mercy es mi verdadera mano derecha, se preocupa tanto o más que yo por las cosas de mi hogar y ama y cuida a mis hijos como si fueran suyos. Ella ha sido no solo incondicional, sino que además me ha demostrado lealtad y compromiso cuando más lo he necesitado.
Mercy llegó a mi vida hace aproximadamente 13 años, cuando en compañía de una gran amiga, empecé a comercializar tilapia puerta a puerta, llegando a casa de amigos y conocidos. En ese entonces necesitaba contratar a una persona para que me apoyara con las tareas del hogar y fue precisamente en desarrollo de este trabajo cuando alguien me recomendó a Mercy.
Desde que esta mujer menudita, de voz tranquila y capacidad infinita de trabajo llegó a mi hogar, las cosas son diferentes. Mercy, que vive en el barrio Caracol de la Comuna 8, junto a su esposo y sus dos hijos, llega a mi hogar al medio día y su jornada se extiende hasta la noche. No va en la mañana porque siempre me he encargado de atender a mis hijos. Me levanto muy temprano, los alisto para ir al colegio, preparo el desayuno y luego salgo a realizar mis actividades diarias, que por estos días se resumen en caminar las comunas, escuchar a la gente y planear el gran cambio que realizaremos en nuestra Neiva.
A su llegada Mercy organiza la casa, está pendiente de que no falte nada y es la encargada de recibir a mis hijos cuando llegan del colegio o mi hija de la universidad. Ella sabe cuándo les va bien, cuándo están tristes, cuándo cometieron una falta y es la que los aconseja y junto a mí los guía.
Todos hemos aprendido de ella, recuerdo con nostalgia e infinita gratitud hacia ella, cuando pasé por una complicada crisis económica. Una de las primeras personas en manifestarme su solidaridad fue Mercy, una persona que vive de su trabajo, como muchos de nosotros y con total desprendimiento de lo material y con una solidaridad infinita me aseguró que así no hubiera presupuesto para el pago de su salario, ella seguiría cuidando de mis hijos… Esa incondicionalidad y generosidad la he encontrado pocas veces, sin embargo, fue más allá: se convirtió en la voz de aliento, que todos los días me empujaba a iniciar de nuevo, a no desfallecer, sin saberlo se convirtió en el impulso fundamental para salir adelante porque creyó en mí y me apoyó.
Algún día, con el corazón en la mano y compartiendo su angustia pude apoyarla durante la enfermedad de uno de sus hijos, un tiempo difícil donde también me enseñó sobre la fortaleza viéndola sufrir en silencio, pero a la vez luchar con entereza, como siempre lo ha hecho.
No suelo hablar mucho de Mercy porque hace parte de mi familia, de mi intimidad; pero hoy viéndola a ella, pensé en quienes nos ayudan en las labores del hogar, ellas son las verdaderas heroínas de cada una de nuestras historias. Esas personas que nos dan la mano en las tareas de la casa, que nos ayudan en la crianza de nuestros hijos y hasta nos dan consejos, para que nosotras -sobre todo las madres solteras como yo- podamos desempeñarnos laboralmente, estudiar y crecer personalmente, son imprescindibles. Gracias a todas aquellas que como Mercy siguen desarrollando esa labor silenciosa, que es nada más, ni nada menos, el soporte de muchos hogares.
