miércoles, 01 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2020-05-31 01:59

Pobreza, miseria y gobierno

Escrito por: Amadeo González Triviño
 | mayo 31 de 2020

En medio de ese afán por querer silenciarnos ante el dolor y la angustia de una sociedad injusta y sin políticas sociales, que nos llama a tener que replicar como lo decíamos en nuestra columna anterior de silenciarnos por completo, es difícil de hacerlo, cuando es aterrador encontrar que algunos medios de comunicación, realmente dejan entrever esa manera y esa forma de súplica, de ruego, de una actitud mendicante, de sectores sociales, completamente abandonados, donde le piden al Gobierno Nacional, que ellos también son Colombia, que vuelvan sus ojos y les proporcionan alguna ayuda ante la epidemia que se les vino encima.

Se presencia a diario, ese drama que nunca ha sido solucionado por los gobiernos de turno, respecto de la forma como la Salud o la provisión de elementos mínimos para la atención de los pacientes, no se ha satisfecho y por el contrario, los recursos crecen y crecen al por mayor, para comprar camionetas, vehículos blindados o armamento de guerra para confrontar las protestas ciudadanas, cuando muchos hospitales, no tienen unidades de cuidados intensivos, no tienen respiradores y no tienen ni siquiera camas para atender a los pacientes, e incluso en las grandes ciudades, es triste y aterrador, ver los pasillos de las salas de urgencias, atestados de personas reclamando o buscando un tratamiento o una consulta médica.

Y todo esta debacle es sin lugar a dudar un elemento que muy pronto hemos de olvidar, y que el gobierno en su sabiduría, lograra tapar con las manos, para silenciar a quienes reclaman, o bien con el tapabocas por todos conocido, no el que se conoce en público, sino con el otro, con el que silencia de por vida a los líderes sociales o a las personas que vienen defendiendo o reclamando una política pública efectiva hacia la solución de los problemas del país, el cual crece paulatinamente como crecen los muertos por la pandemia, y sin control alguno.

Se escucha entonces, que los colombianos son atenidos, y se le suma la voz de aquellos que dicen que a los colombianos no se les debe dar el pescado, sino que se les debe enseñar a pescar. Pero si tenemos en cuenta que, según una información del DANE, el índice de pobreza corresponde al 19.6% para 2018 y para el año 2020 tal cifra supera los trece millones de colombianos, hemos de considerar que ese primer paso hacia la miseria total, es irreversible.

Un gobierno que no tiene políticas sociales, que ha abandonado a sus ciudadanos, no puede pregonar y sustentar sus actos de gobierno sobre la equidad, sobre la libertad, sobre la paz, cuando el otro elemento que lo distorsiona por completo, lo es la corrupción y la malversación de los recursos del Estado, los cuales son casi que equivalentes al cincuenta por ciento del valor de los recursos destinados a inversiones públicas.

Sobre estos presupuestos y la forma como se han venido denunciando toda clase de atropellos y de abusos con los recursos que tenía disponibles el gobierno para atender esta calamidad social, es cuando terminamos por aceptar, que ante esa política irrisoria de atención ciudadana, lo más práctico, como viene sucediendo, es terminando paulatinamente la cuarentena y las políticas de protección ciudadana, para que los colombianos se expongan fríamente a la realidad de su entorno y si han de sufrir las consecuencias de su necesidad vital por el sustento diario, eso sea suficiente para salir de la crisis y decir a los cuatro vientos, que los colombianos son unos irresponsables y que no hay cultura ciudadana en acatar las orientaciones de sus gobernantes.

Pero cuando el ejemplo no está circunscrito en políticas sociales, y por el contrario, la impunidad, el delito de cuello blando y todas las formas de abuso del poder se presentan, como lo estamos viviendo en la actualidad, es cuando tenemos que resignarnos a sufrir las consecuencias de lo que sea, porque así lo dispuso el gobernante de turno.

Esta pandemia nos deja lecciones sobre la fatalidad de las elecciones, de tener a los mismos gobernantes de siempre y el costo tan alto de la venta de votos y de silenciarnos cuando tenemos que realmente ejercer una voz de opinión o un derecho a disentir.