miércoles, 08 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2018-10-14 04:05 - Última actualización: 2018-10-14 01:27

Peligro del dinero para entrar en el reino

Escrito por: Padre Manuel Antonio Parra
 | octubre 14 de 2018

Pocas veces en la liturgia de la Palabra se da más coherencia en las lecturas, como en este Domingo 28 del tiempo ordinario.

San Pablo nos dice que “La palabra de Dios es viva, eficaz, incisiva como espada de dos filos, penetra en lo más íntimo y se convierte en juez de nuestras ideas”. Esta expresión ya la entendía el sabio de Israel, cuando no le pidió a Dios riquezas materiales, sino la prudencia y la sabiduría para discernir entre el bien y el mal y poder guiar así a su pueblo, y Dios lo colmó de toda clase de bienes.

El Salmo 89 nos enseña a pedir “un corazón sensato para calcular nuestros años”.
Y el Evangelio ya como palabra del Maestro nos hace una saludable advertencia y una promesa consoladora a cerca del manejo del dinero y de las consecuencias de hacer de él un ídolo.

Jesucristo aprovecha toda circunstancia para enseñar y para motivarnos a tomar decisiones libres en nuestra conducta cristiana. No importa que El vaya de camino, contesta toda clase de preguntas, las que le hacían los fariseos para tentarlo y también cuando son sinceras, como la del joven del Evangelio de San Marcos. Quería ser mejor, ser perfecto, estaba intranquilo, era judío y había cifrado todo su empeño en el cumplimiento de la Ley, con el engañoso pretexto de ganar la vida eterna, como se gana una lotería o el juego del Baloto. “Que tengo que hacer?”. Se le olvidaba y no tenía por qué saberlo, que la salvación no es una premio al que trabaje más, sino un don de Dios que no se gana con los puños y el trabajo por más bien intencionado que sea.

Jesús estimula su vida, lo mira y porque lo amaba le exigió renunciar a lo que el joven más quería: sus riquezas materiales.

“Sólo Dios es bueno”, ese es el principio de la Sabiduría, lo absoluto, lo que vale la pena, como después lo enseñará Jesús en las parábolas del tesoro y de la perla preciosa, donde pide vender todo para adquirir lo único bueno.

Las exigencias del amor a veces son tan fuertes que producen tristeza, huída y volver las espaldas al que nos las ofrece como un bien. El Joven que sintió la ternura del Maestro, no fue capaz de cambiar sus haberes por la compañía de Jesús. “Se marchó triste, porque era muy rico”.

La advertencia de Jesús es para todos: qué difícil entrar en el Reino a los que ponen su confianza en el dinero, con la exageración del camello nos indica la necesidad de cuidarnos para no llegar a esos extremos.

No se trata de vender las fábricas para que se alimenten los pobres, ni de ingresar en el número de los miserables. El dinero como la pobreza no son ni buenos ni malos; depende del manejo que se les de. Por el sólo hecho de ser pobre nadie se salva y por el sólo hecho de tener bienes nadie se condena.

La promesa hecha a Pedro, siempre interesado, nos da la libertad de elegir y las consecuencias de ser premiados en abundancia. No basta con hacer voto de pobreza, que a veces se cumple pero aplicándoselo a los demás. Es urgente el desprendimiento primero del “Yo” que es el que maneja el resto.

El ciento por ciento lo recibe cualquiera que comparta generosamente, y que no este pendiente de la imagen y de andar pregonando lo que hace. Evitemos los peligros del dinero mal habido y el apego desordenado; no lo gastemos en lo inútil y así podremos seguir al Señor con una gran alegría.