viernes, 10 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2017-09-10 01:24

Pedagogía cristiana de la corrección fraterna: el amor

Escrito por: Padre Manuel Antonio Parra
 | septiembre 10 de 2017

Hay palabras de moda en el vocabulario nuestro que corren el riesgo de no asumirlas en la profundidad de su sentido propio y pueden perder la verdad por el  uso que se les esté dando, ellas son: solidaridad, convivencia, comunidad.

Todas pasan por el mensaje de este Domingo 23 del tiempo ordinario, pero traducidas en actitudes cristianas.

El Papa Benedicto XVI al recibir los Obispos de Madras-Mylapore y a otros Obispos de la India les recomendó: “Debéis apoyar a vuestros sacerdotes, vuestros colaboradores más cercanos y estar atentos a sus necesidades y aspiraciones, interesándoos por su bienestar material, espiritual e intelectual”.

Como todos somos profetas, tenemos el deber de anunciar y de denunciar lo que se oponga a la voluntad de Dios como centinelas que vigilan la heredad sagrada, y proponer los correctivos necesarios. San Pablo en la Carta a los Romanos propone el amor como la única deuda con el prójimo, porque encierra la totalidad de la ley; así no se corre el peligro de poner todo el énfasis en la ley y en el castigo: “summun ius, summa iniuria”, decían los romanos: “el extremo legalismo es la extrema injusticia”.

Hablamos de comunidad  como si ya la tuviéramos, y esto no sucede ni en los conventos, ni en  la clase sacerdotal; se enseña la necesidad de la convivencia y apenas se puede sobrevivir, en pareja, en familia y en grupo. Y todos hablan de solidaridad extremándola únicamente al campo de la beneficencia, como si el hombre fuera solamente agente necesitado de pan.

El Evangelio de hoy nos da una pedagogía maravillosa para llevar a cabo el cumplimiento  del amor a los hermanos como a nosotros mismos.

Primero es reconocer que cada uno tiene defectos y necesita corrección oportuna.

Sin esto, al corregir a los otros seríamos los más perfectos fariseos modernos.

Para poder entender las condiciones de una verdadera corrección fraterna tenemos que conocer el ambiente de las primeras comunidades cristianas catecumenales. Ellos eran pocos, se conocían muy bien, “eran un solo corazón y una sola alma”   y tenían todo en común; se reunían para celebrar el día del Señor y se exigían comportamientos de coherencia como testimonio de vida. Si alguno fallaba se tenían con el las insinuaciones del Evangelio que comentamos:

Llamar al hermano a solas; algo personalizado, en tono cariñoso pero exigente.

No juzgarlo ni condenarlo de una vez. No son chismes de los vecinos, es que la comunidad se ha dado cuenta de su conducta y quiere salvarlo.

Si corrida esta primera etapa, sigue lo mismo, entonces se llamaban dos testigos de la misma comunidad y desde luego hermanos para que después pudieran testificar  la corrección. Agotado este segundo medio, venía el  informe al grupo pequeño de hermanos que había estado orando por el   y pidiendo su conversión a Dios. Si aún así persevera en sus faltas, se colocaba fuera de la comunidad, esto es lo que se llamaba “Excomunión”, ya no podía formar parte de la misma.

Para esto se les inculcaba la presencia de Dios que se manifestaba en dos o más hermanos orando por la comunidad.

Qué bueno sería copiar algo de esos primeros cristianos. No nos conocemos porque somos grupos y no autenticas comunidades. Corregimos en masa: “Esta sociedad corrupta”,  eso no le cae a nadie para sentirse aludido. De una vez  rechazamos al que no está de acuerdo  con nosotros y así en lugar de atraerlo, de una vez lo excomulgamos.

Nos creemos los buenos del paseo y nadie puede decirnos nada. Qué bueno pedirle al Señor el amor, la comprensión y el sentido de una verdadera comunidad, en donde no le debamos nada a nadie sino el amor y donde compartamos lo que somos y lo que tenemos. Ese es el desafío para los que nos llamamos profetas de Cristo, en este mes del amor y la amistad.


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