Parapeto.- ¡Vamos por la Constituyente!
No hay que tenerle miedo. Si los ciudadanos de a pie quieren los cambios que desde 1.991 les han sido negados por el régimen, reformas que les ha rechazado sucesivos gobiernos, el Congreso no les ha respondido, ni ha sido motivo de preocupación por parte de las altas Cortes, y como no se ve la luz al final del túnel por la incertidumbre que nos cobija, no queda otro camino sino el de convocar una Asamblea Constituyente que adelante las reformas que el país reclama.
El Presidente Iván Duque se está llenando de razones con el dialogo social que ha convocado para escuchar los reclamos de los distintos sectores sociales para actuar en consecuencia. Es claro que ni el Congreso de la Republica, ni las Altas Cortes están comprometidas con el cambio institucional que está pidiendo a gritos la sociedad colombiana.
Llevamos ya medio siglo hablando del “compromiso” de los partidos políticos para erradicar definitivamente la corrupción, facilitar la reforma política, la de la salud, la urgente reforma a la justicia, rescatándola de la vulgar politiquería, hacer del crecimiento económico un verdadero crecimiento social, y nada de eso se ha logrado, es cierto.
Para la clase política nacional y local, estos compromisos son mentiras colosales. Cada día es más evidente la corrupción y las administraciones están hoy más corrompidas que nunca, pues ya todo se lo roban y nada pasa. Coincidimos con la oposición que todo lo que quedo del anterior gobierno es un desastre. Santos literalmente “se tiro a Colombia”.
Lo que alcanzo Álvaro Uribe en sus 8 años de gobierno, Santos lo volvió un desastre, en lo económico, en lo social, en lo político y esa realidad amerita una acción inmediata. El instrumento idóneo para realizar esas reformas es a través de una Asamblea Constituyente, organismo de representación colegiada que tiene como función redactar una constitución que incorpore las propuestas de las distintas agrupaciones sociales descontentas y establecer una economía incluyente social, con plenos poderes, a la que deben someterse todas las instituciones.
Con funciones de legislar en materia de competencia nacional y sobre las distintas ramas del poder público. Sería una brillante oportunidad de cambiar el Régimen Estatal con enmiendas a la carta fundamental en los términos que señale la Asamblea o Congreso Constituyente. ES claro que la actual clase política no podría acceder a ser miembros de la omnímoda corporación.
Debe quedar clarísimo que quienes han sido investidos en los últimos 20 años como congresistas, Diputados o concejales de capital no podrán ser candidatos a la Asamblea Constituyente, ni los ciudadanos que hayan pertenecido a una cualquiera de las altas cortes serán aceptados como candidatos.
Una Constituyente debe ser protegida de los vicios del pasado para garantizar lo que no se garantizó en la de 1.990, pues después de disolver el Congreso de la época, en las elecciones de 1991 regresaron al parlamento en su mayoría los mismos políticos corruptos que se adueñaron de la conferencia y nos entregaron un girón de Constitución.
Los protestantes de la semana pasada deben tener claro que nada sacan de sus maltratos contra la autoridad si su descontento no queda plasmado en letras de molde en una nueva carta fundamental para cerrar la brecha entre los poderosos y los humildes. Además porque ellos deben saber que los que nos consideramos hombres y mujeres pacificas no estamos dispuestos a permitir que atropellen la dignidad presidencial. Yo tengo muy claro que Iván Duque es un excelente presidente.
Ha realizado muchísimas obras sociales en tan solo 15 meses, y ha superado a Santos con creces y esa es la inquina que le tienen. Si Duque fuera un presidente débil, tengo la certeza de que la oposición no se ocuparía de él, pero como es un gobernante serio honesto y vertical, los enemigos se ocupan de maltratarlo para tratar de debilitarlo. Pero esos agoreros de calamidades y los otros viudos del poder, no pasaran.
