Opinión/ Creado el: 2018-11-22 01:39 - Última actualización: 2018-11-22 01:47
Parapeto.- Éxodo, o Invasión
A la hora de la verdad uno no sabe si la migración masiva de venezolanos hacia los países vecinos, se da por la miseria en la que los ha sumido el sátrapa de Nicolas Maduro, u obedece a un plan estratégico de invasión, contando con el auspicio de las fuerzas armadas de la dictadura hacia Colombia, Brasil, Perú y Ecuador, entre los más cercanos.
Nuestras autoridades informan que cerca de 1.600.000 personas han llegado a territorio colombiano y se han quedado, y que a finales del año podríamos tener una población de inmigrantes próxima a los 2,5 millones de ciudadanos del vecino país. Se que debemos apoyarlos en su desgracia respetando y poniendo en practica los derechos humanos para aliviar su penuria. Pero a mí me preocupan también los derechos humanos de mis paisanos.
Su salud, su derecho al trabajo, sus familias, la educación de nuestros hijos, y demás derechos inherentes a su propia vida. No sé, pero a mí me enseñaron que la caridad entra por casa, sin que eso quiera decir que debemos olvidarnos de los vecinos. El primer mandamiento de la ley de Dios nos dice que, debemos amar al Señor sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. El prójimo más cercano de mí, es mi vecino colombiano y un poquito mas lejos el venezolano. Quiero comentarles que en mis viajes a Neiva por tierra he observado a muchos grupos de jóvenes venezolanos, en número de entre 4, 5 o 6 que caminado se vienen desde Bogotá hasta el sur del país, pasan por Cundinamarca, el Tolima, ingresan al Huila y luego aquí en el Huila se les pierde el rastro.
Curiosidad que me da verlos deambulando con equipos a sus espaldas, banderas bolivarianas, y no tengo muy claro si ellos están llegando al Caquetá, al Putumayo, o quizás hasta el Dpto de Nariño. ¿Será que las autoridades de control de emigración Nacionales han notado ese hecho evidente en la movilización interna de los caminantes venezolanos? Ahora, vaya uno a saber si a esos grupos de jóvenes los recogen en algún lado, para evitarles la fatiga, y los lleven a lo que presumo, que ya Uds lo están descifrando.
Yo que tengo una mente inquieta me permito exclamar: ¡Dios nos libre de las milicias armadas del vecino país! que la mente diabólica de Nicolas Maduro a organizado, y que el anterior inquilino del palacio de Nariño, de mente calenturienta, nos advirtiera que, si el Plebiscito no pasaba, iríamos a ver una guerra generalizada en las principales ciudades del País, y mi temor es que esa amenaza ya se esté llevando a cabo.
Como en el caso de Pericongo, sobre la amenaza de la masa que observo sobre la vía les confieso que quiero equivocarme, al igual también en el éxodo de venezolanos hacia Colombia, deseo que sea una fantasía. Quiero acuñar una frase en el tema de Pericongo que diga: ¡Pericongo es el Huila y el Huila somos todos! Pericongo merece un túnel, o un viaducto, pero sobre todo una solución definitiva. Gracias Don Antonio Peña. Su gestión fructificará.
Quiero traer a colación la historia del señor que viajaba con frecuencia de un pueblito a la capital, y cada vez que lo hacía venían los vecinos y le pedían encargos, pero ninguno le daba el dinero para que se los comprara, pero una vez se le acerco un niño y le dijo: señor me hace el favor de traerme un pito, y le entregó el dinero; enseguida el señor exclamó: ¡este pito pitará! La próxima semana, mi columna habitual: La cuestión agraria. El Problema de las mejoras.
Nuestras autoridades informan que cerca de 1.600.000 personas han llegado a territorio colombiano y se han quedado, y que a finales del año podríamos tener una población de inmigrantes próxima a los 2,5 millones de ciudadanos del vecino país. Se que debemos apoyarlos en su desgracia respetando y poniendo en practica los derechos humanos para aliviar su penuria. Pero a mí me preocupan también los derechos humanos de mis paisanos.
Su salud, su derecho al trabajo, sus familias, la educación de nuestros hijos, y demás derechos inherentes a su propia vida. No sé, pero a mí me enseñaron que la caridad entra por casa, sin que eso quiera decir que debemos olvidarnos de los vecinos. El primer mandamiento de la ley de Dios nos dice que, debemos amar al Señor sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. El prójimo más cercano de mí, es mi vecino colombiano y un poquito mas lejos el venezolano. Quiero comentarles que en mis viajes a Neiva por tierra he observado a muchos grupos de jóvenes venezolanos, en número de entre 4, 5 o 6 que caminado se vienen desde Bogotá hasta el sur del país, pasan por Cundinamarca, el Tolima, ingresan al Huila y luego aquí en el Huila se les pierde el rastro.
Curiosidad que me da verlos deambulando con equipos a sus espaldas, banderas bolivarianas, y no tengo muy claro si ellos están llegando al Caquetá, al Putumayo, o quizás hasta el Dpto de Nariño. ¿Será que las autoridades de control de emigración Nacionales han notado ese hecho evidente en la movilización interna de los caminantes venezolanos? Ahora, vaya uno a saber si a esos grupos de jóvenes los recogen en algún lado, para evitarles la fatiga, y los lleven a lo que presumo, que ya Uds lo están descifrando.
Yo que tengo una mente inquieta me permito exclamar: ¡Dios nos libre de las milicias armadas del vecino país! que la mente diabólica de Nicolas Maduro a organizado, y que el anterior inquilino del palacio de Nariño, de mente calenturienta, nos advirtiera que, si el Plebiscito no pasaba, iríamos a ver una guerra generalizada en las principales ciudades del País, y mi temor es que esa amenaza ya se esté llevando a cabo.
Como en el caso de Pericongo, sobre la amenaza de la masa que observo sobre la vía les confieso que quiero equivocarme, al igual también en el éxodo de venezolanos hacia Colombia, deseo que sea una fantasía. Quiero acuñar una frase en el tema de Pericongo que diga: ¡Pericongo es el Huila y el Huila somos todos! Pericongo merece un túnel, o un viaducto, pero sobre todo una solución definitiva. Gracias Don Antonio Peña. Su gestión fructificará.
Quiero traer a colación la historia del señor que viajaba con frecuencia de un pueblito a la capital, y cada vez que lo hacía venían los vecinos y le pedían encargos, pero ninguno le daba el dinero para que se los comprara, pero una vez se le acerco un niño y le dijo: señor me hace el favor de traerme un pito, y le entregó el dinero; enseguida el señor exclamó: ¡este pito pitará! La próxima semana, mi columna habitual: La cuestión agraria. El Problema de las mejoras.
