miércoles, 08 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2018-08-19 02:19

Pan y carne símbolos de vida

Escrito por: Padre Manuel Antonio Parra
 | agosto 19 de 2018

padremanuelantonio@.hotmail.com

Durante cuatro domingos seguidos, la liturgia nos ha recordado en el Evangelio de Juan el amor que Dios nos tiene al darnos a su Hijo como salvador con una presencia permanente.

En este Domingo 20 del año litúrgico la insistencia de Jesús es apremiante para que entendamos el significado de ciertas palabras que manejamos tan a la carrera.

El pan que en su origen griego significa “todo” y Carne que significa “la persona” son términos que Juan repite, como es su estilo para que los profundicemos y aprovechemos para tener y mantener la vida de Dios en nosotros.

Desde la creación el primer hombre al presentarle Dios a su compañera Eva exclamó:

“Esta sí que es carne de mi carne”, también el Génesis al insinuar el matrimonio entre un hombre y una mujer agrega: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre  y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne”. Se ve claramente que no es en un sentido material sino que transciende como toda palabra de Dios.

Después el mismo Juan nos dice al principio de su Evangelio: “El Verbo se hizo carne” y habitó entre nosotros.

No son entonces palabras que no hayamos escuchado en alguna forma. La encarnación de Jesús en el seno de María es el mejor significado de este mensaje. Tomó nuestra naturaleza humana, menos en el pecado para que nosotros nos transformemos el algo divino. Ya lo advertía Amado Nervo al decir: “Me basta poner la mano sobre el corazón para sentir que llevo allí algo de divino”.

No se trata entonces al interpretar esos términos de un “canibalismo espiritual” sino de una presencia constante de Jesús en nosotros.

En la última Cena, todo el programa que les da a sus más allegados es el mismo “Tomad y comed, esto es mi cuerpo; tomad y bebed, esto es mi sangre, hagan esto en memoria mía”. La certeza de eficacia está en esas palabras. No les entrega ni pergaminos, ni programas sofisticados, ni fórmulas mágicas, ni comisiones de estudios. Es un lenguaje llano y profundo pero que lleva implícito el regalo de la fe. Si hacen eso van a perseverar hasta el fin, van a tener fuerzas en las dificultades, no les va a faltar nada, todo va a ser abundante. El Libro de los Proverbios ya lo anunció cuando pone en manos de las criadas el encargo de invitar a la mesa abundante de Dios para adquirir el principio de la Sabiduría.

También Pablo con su estilo directo les advierte a los Efesios que en lugar de embriagarse y de ser libertinos e insensatos le den gracias a Dios Padre por todo lo que hizo Jesucristo. El Salmo 33 les advierte a los ricos que teniendo ese título ante los hombres, serán pobres sino no escuchan y temen al Señor. A los pobres les dice: “Los que buscan al Señor no carecen de nada”.

Para que la encarnación se haga realidad en nosotros, es imposible vivir sin el Pan que da la vida y sin la sangre que nos purifica. Cristo no cambia su naturaleza para convertirse en nosotros, somos nosotros los que debemos experimentar esa transformación alimentándonos con lo divino en la Eucaristía para ser fuertes y caminar seguros. Menos discusiones teológicas, los judíos también discutían y no entendían nada. Comamos y bebamos esa energía espiritual y que se nos note con el testimonio de vida que tenemos fe en Cristo, Pan bajado del cielo, sabroso, amasado por Dios, bendecido, roto, distribuido y partido para los demás.