Orígenes paganos de la Navidad
A medida que la ciencia avanza e investiga ciertas historias que, en una u otra forma le han contado a la humanidad desde hace mucho tiempo, se comprueba que son mitos que no dejan de sorprender al encontrar cómo el relato de esas historias se fueron distorsionando y adaptando al pasar de una cultura a otra a través de los siglos.
Por ejemplo, la historia de la celebración de la Navidad. Aunque normalmente se asocia su origen a las tradiciones cristianas, puesto que representa el nacimiento del niño Jesús, en realidad, esto es erróneo, ya que la primera vez que se tiene noticia de la celebración de la Navidad el 25 de diciembre fue casi dos siglos después de su nacimiento. Y durante ese tiempo las Navidades se seguían celebrando en torno a la figura de Saturno que los romanos acostumbraban.
Arranquemos, mucho antes de los romanos, repasando la Biblia y otros textos religiosos o de historia de diferentes pueblos y culturas. En la Biblia se habla sobre el patriarca Noé, quien al parecer fue el inventor del vino, ¡alma bendita! quien catando su maravillosa invención se amarró una “rasca de padre y señor mío”. Uno de los hijos del viejo, llamado Cam, lo encontró en ese lamentable estado de postración al que se exponen los que se pasan de tragos: quedar en cueros; ni siquiera en paños menores.
Ese hijo, poco respetuoso, en vez de socorrer a Noé al verlo embriagado y desnudo, se burló de él y corrió a contarles a sus otros dos hermanos Sem y Jafet. Cuando, posteriormente, Noé se enteró de lo sucedido, en medio de esa primera “resaca” o “guayabo” de la historia, maldijo a Cam y a toda su descendencia.
Y aquí viene la parte truculenta del cuento bíblico: Cam, el maldito, se casó con Semiramis y tuvieron un hijo a quien llamaron Nimrod (O Nemrod). Nimrod mató a su padre e incestuosamente se casó con su madre Semiramis. El tío de Nimrod, Sem, hermano de Cam y de Jafet, mató a Nimrod, pero Semiramis se inventó el cuento y esparció la mentira que Nimrod no había muerto sino que se había ido al cielo y se había transformado en el dios sol. Semiramis tuvo otro hijo, Tamuz, que nació el 25 de diciembre.
Esa es la historia babilónica y asiria resumida, de Nimrod, Semiramis y Tamuz, que pasó a la mitología griega personificándolos como Zeus, Afrodita y Eros; a la egipcia como Osiris, Isis y Orus y en el imaginario de los romanos entró sin el padre y solamente quedaron Venus y Cupido que, posteriormente, el emperador Constantino el Grande, hábilmente, adaptó para los cristianos con la historia de la virgen María y el niño Jesús.
Sigamos repasando un poco. En el antiguo Egipto se creía que Isis, la virgen Reina de los Cielos, quedaba embarazada en el mes de marzo y que daba a luz a su hijo Orus a finales de diciembre. El dios Orus, hijo de Osiris e Isis, era "la sustancia de su padre Osiris", de quién era una encarnación. Fue concebido milagrosamente por Isis cuando Osiris ya había sido muerto y despedazado por su hermano Seth o Tifón. Era una divinidad casta -sin amores- al igual que Apolo, y su papel entre los humanos estaba relacionado con el Juicio, ya que presentaba las almas a su padre. Era el Christos y simbolizaba el Sol.
El dios Mitra de la religión Iraní (Persa) anterior a Zaratustra, también era muy significativo en el Imperio Romano, hasta el siglo IV d.C., y era una divinidad Solar, al igual que el dios Mitra Hindú, hijo de Aditi la personificación del Sol. Muchos siglos antes de Jesús-Cristo, el dios de los Persas ya había nacido de una virgen el 25 de diciembre, en una gruta, siendo adorado por pastores y magos; obró milagros, fue perseguido, acabó siendo muerto y resucitó al tercer día. Como lo hicieron igual los dioses Orus y Osiris de los Egipcios y los dioses Hércules, Baco y Adonis de los Griegos. Los partos virginales se han repetido constantemente en la historia milenaria de la conjunción "hombre-mito solar", y anteceden por mucho tiempo al de la "virgen María" dando a luz a Jesús. Mucho antes la virgen, Devakí dio a luz en un establo al dios Krisna en medio de pastores. Igualmente se afirma que nacieron de vírgenes Zoroastro, Quetzalcoat, Apolonio y otros.
Esto explica que el natalicio de los principales dioses Solares de las culturas precristianas -como Osiris, Orus, Apolo, Mitra, Dionisio, Baco y los demás- se situaran en el Solsticio de Invierno. Más aún, el natalicio de Jesús, el "salvador cristiano” fue ubicado el 25 de diciembre, fecha en la que hasta finales del siglo IV de esta era se conmemoraba el nacimiento del Sol Invencible (Natalis Solis Invicti) en el Imperio Romano. Entre los años 352 y 366, en el turbulento pontificado del Papa Liberio, se tomó por fecha inmutable la noche del 24 al 25 de diciembre, coincidente con el "nacimiento del sol Invencible", la misma fecha en que todos los pueblos contemporáneos festejaban la llegada del solsticio de Invierno. Es claro que el verdadero origen de la Natividad católica, está sobrepuesto al Natalis Solis Invicti, y que la iglesia orientó a los creyentes a que ese día no lo dedicasen al Sol, sino al "señor creador del Sol".
En astronomía el vocablo Solsticio proviene del latín solstitium, que combina dos acepciones. Sol, el astro, y stitium estático o detenido. Es decir, la detención del Sol. Para quienes habitamos en el Hemisferio Norte, el Solsticio de Invierno o "sol inmóvil", es cuando cerca del 22 de diciembre el sol alcanza su cenit en el punto más alto de la eclíptica y el día comienza a alargarse poco a poco en detrimento de la noche. El sol cambia sutilmente su declinación y de un día a otro parece permanecer en un lugar fijo del Ecuador celeste.
Este fenómeno representaba para las antiguas culturas milenarias el "nacimiento del sol" y, con ese acontecimiento, parecía que toda la naturaleza comenzaba a despertar lentamente de su sueño y las esperanzas renacían gracias a la fertilidad de la tierra alimentada por la persistencia del "sol divino”. Las culturas pre-románicas durante los tres días previos al 25 de diciembre, así como en los seis días posteriores que conducían hasta el año nuevo, festejaban el "retorno del nuevo sol" y las fuerzas vegetativas de la Naturaleza.
En las zonas tropicales, como en la que nosotros vivimos, los cambios de las cuatro estaciones son casi imperceptibles. Para nosotros, invierno es cuando llueve copiosamente y verano cuando cesa la lluvia y hay tiempo seco.
En cualquiera de los dos hemisferios, con latitudes mayores a los 30º, el solsticio marca un momento en que el tiempo parece detenerse; el presente se manifiesta como un fugaz instante en la eternidad.
