“Profesión peligro”
Lucas Mateo Vargas Vargas
Una profesión tan peligrosa como la de ser cazarrecompensas y dobles de cine -según la serie estadounidense transmitida en Colombia a finales de la década de los 80’s e inicios de los 90’s-, o quizá mucho más peligrosa que ésa, es la de ejercer el periodismo en Colombia y sobre todo en sus regiones.
El periodista tiene la obligación (por profesión, vocación, pasión y compromiso social) de escudriñar secretos, develar mentiras, incomodar al orden establecido cuando éste se basa de artimañas corruptoras para mantenerse y de ser un guardián, aunque no de la verdad, por lo menos de informaciones verídicas que le permitan a la sociedad actuar en pro de defender sus derechos. Pero lo que vemos a diario y por múltiples razones, es un ambiente insalubre para ejercer esta labor profesional, tan indispensable para el funcionamiento de una sociedad.
Se hace tan peligroso el ejercicio del periodismo, que el periodista está en una amenaza constante, ya sea por la censura propia que causan los medios desde su línea editorial; ya sea por la censura que la pauta publicitaria impone; ya sea por amenazas de muerte y en muchos casos por asesinatos; ya sea por las condiciones laborales de informalidad. Y eso sin contar que en épocas del gobierno Uribe, desde la casa de ‘Nari’ se proponía un manual de estilo de redacción periodística: esas imposiciones de gobiernos fascistas también atentan contra el qué hacer del periodismo en un país que, se supone, es democrático.
Aunque esas amenazas generen un periodismo mercenario y amañado, subordinado a los pseudo-poderes políticos y económicos locales, y aunque genere un periodismo suprimido por la pauta publicitaria, ya que ésta impone los contenidos, aún existen periodistas serios, dignos y éticos en su ejercicio y prueba de ello, son los colegas que decidieron hacerse a un lado de sus labores en esta casa editorial, ya que en su legítimo derecho de escoger profesión y asumir los riesgo en la misma, quieren llegar a dignificarla desde su ejercicio, sobre todo en una región como el Huila, donde los periodistas son tan atropellados en su derecho, en su condición de ser social y en su labor de informar.
La sostenibilidad social de un espacio noticioso en la radio o la televisión, y de los distintos periódicos, se da producto de la seriedad y el compromiso social en el ejercicio de su labor; también se es sostenible socialmente en la medida en que sus periodistas cuenten con óptimas condiciones laborales y en la medida en que tengan un alto grado de independencia de los gamonalismos politiqueros locales, pero que esa independencia no sea sólo la falsedad de su nombre. Ahora bien, se requiere también de una sostenibilidad económica y acá viene lo complejo: no se puede confundir el ejercicio de informar, con el vender pautas publicitarias, ya que la venta de publicidad es antítesis del ejercicio de informar, pues la publicidad no puede imponer el ritmo de trabajo del periodismo, ni lo puede censurar. Si los periódicos se preocuparan más por su sostenibilidad social, la parte económica se resolvería de forma menos complicada, pues serían más los suscriptores y más los lectores que pagarían para estar bien informados.
Ojalá que el precedente levantado por los colegas periodistas que quieren dignificar su rol social y profesional nos sirva como base -tanto a periodistas formados profesionalmente, a las universidades que los están formando, a los periodistas empíricos y a los mismos medios de información- para reflexionar sobre el estado actual del periodismo.
