“La misma perra con distinta guasca”
Esta era una de las frases de combate de Jorge Eliécer Gaitán. Con ella, denunciaba la burda artimaña de la oligarquía liberal-conservadora,
con la que embaucaba al pueblo colombiano dividiéndolo en las banderías políticas tradicionales, mientras se coludían para aplicar medidas económicas que los beneficiaban y enriquecían a costa de la miseria de las mayorías. Para enfatizarlo, Gaitán –un representante auténtico de la democracia liberal– afirmaba que “el hambre no es liberal ni conservadora”.
Ya para la época, los gobiernos de Colombia habían atado su destino al hegemón norteamericano, el más grande imperio capitalista del mundo contemporáneo, al que Gaitán fustigaba por la injerencia indebida en los asuntos internos del país.
Hoy Colombia, sufre como nación por la aplicación de las políticas de libre comercio que son producto del Consenso de Washington, la propuesta de control imperial de los Estados Unidos sobre América Latina. Con ella pretende mantener como su zona de seguridad a esta región (Latinoamérica y el Caribe), para, en una aplicación muy particular de la Doctrina Monroe, “cuidar el territorio para disponer de sus riquezas y para impedir que otros lo hagan”.
En la esencia de esta política, están de acuerdo los candidatos Santos y Zuluaga. Comparten la política del precio de los combustibles atados al precio internacional (galón de gasolina a US$4.50); la libertad de circulación de capitales, aún los especulativos; la Banca Central cuya función es proteger de la inflación los grandes capitales, para evitar su desvalorización, así se sacrifique la aspiración del pleno empleo; la privatización de los sectores estratégicos de la producción y de los servicios, así los precios que pagamos por ellos sean precios de monopolio, muy superiores a los de países vecinos (insumos agrícolas e industriales, tarifas de servicios públicos,...); los tratados de libre comercio que han aumentado las importaciones de bienes industriales y agrícolas, sacrificando la producción nacional y extendiendo el desempleo y la pobreza como una plaga bíblica; la privatización y los malos servicios de salud y educación,…y así podríamos seguir en un largo etcétera.
Si esta, que es la médula de la política económica los une, ¿qué los divide? Básicamente, algunos problemas de forma sobre el tratamiento del proceso de paz con las Farc. Porque hay que decir que en lo fundamental: la solución negociada, están de acuerdo. En el fondo el uribismo no quiere perder la táctica ganadora que le ha dado tantos réditos, de enfocar como el enemigo principal de la nación a las fuerzas guerrilleras, con lo cual se exime de tener que explicar su complicidad en la aplicación de las políticas de libre comercio. Menos va a renunciar a ella, cuando en esta primera vuelta, nuevamente le funciona y está a punto de conquistar la primera magistratura. Y si bien el accionar de las Farc, ha sido funesto para la tranquilidad de la ciudadanía en muchas regiones –con actos vituperables que violan varios artículos del Código Penal–, de ahí a convertirlos en la causa de los males de la nación, hay mucha distancia. Por otro lado, al santismo y al uribismo los divide el ego y la ambición de una casta, que separó su suerte de la del resto de la nación, y quiere ser usufructuaria privilegiada de las dádivas otorgadas por el gran capital a los lacayos predilectos.
En consecuencia, a la inmensa mayoría de trabajadores y empresarios, a los verdaderos creadores de riqueza, no nos pueden poner a escoger entre dos males, igual de tóxicos, igual de mortales. Son, como dijera Gaitán “la misma perra con distinta guasca”. Es una pelea entre una jauría rabiosa que terminará infectándose a sí misma.
