viernes, 03 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-06-18 09:12

¡Ésta sí es Colombia!

Nairo rompió la historia, dice un importante diario colombiano en alusión a la extraordinaria faena realizada en el Giro de Italia por este boyacense de 57 kilos de peso y 1,67 metros de estatura.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | junio 18 de 2014

Nacido en Cómbita,  pueblo dedicado al cultivo de la papa, corona su  trayectoria deportiva con este triunfo delirante. El 11 de junio del 2014 subimos al podio como  triunfadores absolutos en la segunda carrera por etapas más importante del mundo. Digo “subimos” porque presumo que pocas veces los colombianos, identificados como   autores de  páginas tenebrosas, podríamos  como ahora lavarnos la cara  para  echarla a volar sobre un mundo estupefacto ante la magnitud de la proeza realizada por Nairo Quintana, Rigoberto Urán y Julián Arredondo.

Hoy estos tres muchachos son únicos protagonistas de nuestra crónica reciente. Copan los medios de comunicación  aquí y  allá. La mejor carta de presentación de este país hecho a golpes de azadón y colonizaciones del alma, no son  la constitución de 1991 ni  la ensalada variopinta de la partidocracia nacional. Tampoco este rosario de inequidades y oportunismos que hacen de  nuestra democracia una anciana mendicante.  Lo que tiene el país para mostrar emerge  del sustrato de la tierra donde nacimos y se nutre  con su fibra prodigiosa. Viene de las primeras esclavitudes colombianas, de los techos de palma y los caminos de herradura, de las arenas de nuestro norte resquebrajado por la sequía y el abandono. Lo mejor de Colombia, su aristocracia y su visión profunda, su nobleza y superioridad, surgen de sus estratos campesinos, en lo más hondo de su esencia popular tantas veces negada por quienes se avergüenzan de lo único que nos imparte categoría respetable.

¿Quiénes son en Colombia los hombres, las mujeres y los niños sin piernas ni casa, sin salud ni educación? ¿Quiénes los que en plena juventud se quiebran para siempre,   única carne de cañón en los pudrideros de la guerra? ¿Quiénes los que velan la hartura  de tanto doctor pírrico y de tanto dirigente sinuoso? ¿Quiénes   los agachados para que otros se yergan, los ignorantes para que otros se armen? El pueblo, señores y señoras. El territorio de Katherin Ibargüen, Nairo Quintana y Candelario Obeso. Sus caseríos sin agua  potable ni luz eléctrica, sus mujeres hechas a pulso, su concepto humilde y por lo tanto verdadero de lo que son en conciencia  un hombre y una mujer.

El triunfo de los pedalistas colombianos debería enseñarnos a vivir. Ni Óscar Iván Zuluaga,  Juan Manuel Santos,  Álvaro Uribe o el resto de la fauna que repta en los túneles del poder nos representan con honor. Pequeños personajes de la picaresca nacional, desaparecerán cuando se enciendan las luces.

La degradación de la clase dominante en Colombia crece a la sombra de  nuestra vocación masoquista y nuestra parla amaestrada. Más cómodo es repetir lo que se oye por ahí que encender el hemisferio cerebral adecuado.  Si a esto añadimos el síndrome de clasismo terminal que padecemos, apague y vámonos.

Todo adjetivo laudatorio es insuficiente para calificar la hazaña de los deportistas colombianos en el Giro de Italia.  Hicieron lo que ni  imposiciones doctrinarias,  dádivas,  amiguismos, arengas, poderes públicos, jaculatorias,   ejército, partidos políticos, universidades, cárceles y demás tentáculos sociales o temperamentales han logrado a lo largo de siglos de insensatez.

Afinemos la memoria para brindar por nuestros secuestrados, nuestros desaparecidos, nuestros heridos de guerra, nuestros muertos. Levantemos la copa con la Colombia beligerante o silenciosa, subversiva o resignada. Con los habitantes  de esta “Casa en el aire”, de esta maloca impenitente, de este tratado a medio escribir, haciendo votos por la supervivencia victoriosa del origen común. Por el agradecimiento a los gigantes campesinos, a los cantantes populares, a los cronistas, los impugnadores y los cómplices de esta historia de  horror y esperanza, proclamando en voz alta el orgullo que nos produce ser con ellos sangre del mismo cauce. Ésa será la única manera de caminar en paz.