¡Olé!
Por Gloria Cepeda Vargas
He aquí la hasta ahora última perla de la corona: el asesinato (sí, ASESINATO) de un toro de lidia mediante cuchilladas, patadas, golpes, gritos y toda clase de actos infames y cobardes, por parte de las hordas sueltas y borrachas, en las corralejas de Turbaco.
El video que circula en internet habla por sí solo. Una cáfila “humana” de machos sin Dios ni ley se ensaña con sevicia infinita, en un toro indefenso. Después de herirlo gravemente en el cuello y ya con el animal en tierra, descarga en sus 400 kilos de carne y músculos inermes, toda esa bilis apestosa, todo ese tonelaje de impotencia putrefacta crecido y amasado en siglos de fallidos intentos evolutivos. Una mezcla de crueldad, arrogancia y machismo; de torpeza e instinto desbocado, la desnuda. ¡Abajo pantalones y camisas! ¡Fuera zapatos y medias, máscaras de la garra carnicera! ¡Lejos la compostura y el sentido común! El bípedo “humano”, ya sin el barniz que superficialmente lo embaraza, bufa y aúlla y consecuente con los dictados de una cultura justificada por el alcalde con estas palabras: “Los incidentes en las corralejas hacen parte de la tradición”, irrumpe en la caverna de donde parece que no salió jamás.
Las corralejas, originarias de Sincelejo y realizadas en honor a su patrono San Francisco de Asisteniendo, son herederas directas del segmento más primitivo de la cultura española. En principio constituyeron una actividad campesina correspondiente a las necesidades impuestas por el manejo del ganado: herrar, descornar y curar. Y a pesar de que según el Código de Policía, en Colombia el maltrato a los animales no está considerado un delito sino una contradicción, los organizadores de las corralejas podrían enfrentar acciones penales.
Atrocidades como ésta o mutilación genital femenina, violencia de género donde incluyo esas carpas sudorosas donde las mujeres musulmanas lloran y atisban la astilla de mundo que les permiten vislumbrar y hasta las desactualizadas ejecutorias religiosas, todas irracionales y por ende inverosímiles, depredan en nombre de la cultura, es decir, de la costumbre, es decir, del infundio sin más base que la alienación colectiva.
Toda palabra es neutra per se. Le imparte identidad su significado y si el vocablo cultura traduce una despiadada introyección en el imaginario de los pueblos, sea cual fuere su finalidad y sobre todo la coherencia de su trayectoria, sin atender los requerimientos elementales del semejante, ¿Con qué objetivo se crean leyes y se pregona, como condición primordial de toda carta política, la defensa del estado de derecho?
Este cuento macabro sucedido en Turbaco, pertenece a la familia de los tropezones consagrados sin más motivo que los intereses políticos o económicos de la sociedad del momento. No existe diferencia entre la pandilla sedienta de sangre que en Turbaco dio rienda suelta a sus peores instintos martirizando hasta la muerte a un ser indefenso y la turba que en el circo romano acudía, babeante y desaforada, al suplicio de los cristianos devorados vivos por fieras hambrientas. Es lo mismo, contemporáneos y contemporáneas (como diría Maduro, el de la multiplicación de los penes), la misma cancioncita con la distinta letra y distinto son.
Lo que me parece grave, a más del flagelo injustificable inferido al “irracional” por el individuo calificado como racional, es el abuso de poder que permite vilipendiar gravemente el honor de un vocablo indefenso. ¡Pobre cultura estirada y contraída según sopla el viento! ¡Pobre vocablo torcido en igual medida hacia el probo y el criminal! ¡Pobres nosotros, yuntas crepusculares, regidas por palabras a las cuales ni siquiera permitimos caminar en una sola dirección!
