¡Imposible!
Gloria Cepeda Vargas
Recordando las agresiones verbales que asestaron dos varones de pelo en pecho a la conferencista Carolina Sanín durante la entrega del Premio de Periodismo Simón Bolívar 2016, me pregunto: ¿Debo hacerme cruces o practicarme el hara kiri?
No coqueteo con el alzheimer, las prácticas pías o las abnegaciones masoquistas, pero me es imposible descifrar el porqué de la laguna mental donde chapotean algunos de los cerebros masculinos del país.
Entre los dardos lanzados a la disertante, me deslumbra el esgrimido por Julio César González, Matador para quienes admiran sus dotes de caricaturista; es decir, la habilidad que posee para deformar la piel y la sustancia del personaje sin perecer en el intento y es por lo menos incoherente que un espécimen ornado con tales galanuras, ponga en evidencia su apolillada trastienda de manera tan impúdica. Dicen las malas lenguas que ante el temor a ser violada expuesto públicamente por la conferencista debido a las amenazas proferidas contra ella en ese sentido, el mencionado caballero se desnudó exclamando: “Estuve a punto de ser violado por una modelo de Soho y tuve que denunciarla”.
Ante semejante demostración de originalidad, me descubro. ¡Qué talento para sugerir! ¡Qué de escarceos visionarios, de sápidos manjares! Ésta sí fue una caricatura de la sindéresis más elemental o también podríamos tomarla como el llanto desgarrador de un recién nacido abandonado bajo la tempestad.
Por otra parte, las féminas deberíamos sentirnos orgullosas del océano consagratorio que nos adjudican nuestros compañeros. Somos biólogas, cocineras, enfermeras, ecónomas, amansadoras, abogadas del diablo, intermediarias del santo, mater amabilis y admirabilis. Emparentadas con el pulpo por aquello de los muchos tentáculos, con la serpiente paradisíaca por lo que sabemos, con el murciélago debido al radar que nos orienta en esta noche de fábulas con categoría de verdades. Brujas de hogueras inquisitoriales, prostitutas o arcángeles en potencia, sus madres y sus hijas al unísono, tataranietas de Job y primas hermanas de Teresa de Calcuta. Hechas de piedra o de seda según el martillazo, políglotas para traducir los diversos dialectos que hierven en sus torres de Babel o mudas como ostras cuando repican duro.
Tal a retazos la crónica de esta muerte no anunciada y muy honrada por lo que me toca. Únicamente me resisto a aceptar el doctorado en siquiatría que con tanta generosidad nos endilgaron.
