Vulnerabilidad humana
Gloria Cepeda Vargas
Las imágenes de la frontera colombo venezolana, transmitidas por los noticieros de televisión, son prueba de la absurdidad humana. Es como una película proyectada muchas veces con distinto título.
La tragedia que Nicolás Maduro ha desatado a ambos lados de la frontera, se resiste a cualquier intento de análisis. Cuando Hugo Chávez escaló la presidencia de su país, gran parte del mundo que se decía pensante, lo saludó como el mesías tanto tiempo esperado. Engañar gobiernos, pueblos y hasta intelectualidades, le fue fácil. Su prontuario, sembrado de graves infracciones, no fue obstáculo para que el grueso de una población ingenua y amnésica, lo eligiera como gobernante en una jornada clamorosa. Sus quince años de gobierno constituyeron un vendaval que arrasó con todo lo construido con anterioridad. Sin más talentos que la palabra populista y el aire de perdonavidas, y secundado por un boom petrolero sin precedentes, Hugo Chávez y su clan cayeron como langostas sobre los recursos económicos de un país que nunca aprendió a autoabastecerse; con las agallas en hervor y una arrogancia y agresividad propias de la más crasa ignorancia, destruyó por capricho, adulteró, deformó, pisoteó. Hizo del populismo, evangelio de su folclórico Socialismo del siglo XXI y convirtió un pueblo hasta entonces solidario, en un asiento de enemigos encarnizados.
Intentó introducir cambios viscerales en la sociedad provisto de una “ignorancia atómica”, como decía Úslar Pietri. El pueblo venezolano necesitaba dar reversa, pero para lograrlo, son menester un hombre o una mujer provistos de talentos, sensibilidad y sentido de patria. Un gobernante analítico, sensato y actualizado, mezcla de político y estadista cabales, capaz de crear ciudadanos nuevos en un clima sostenible. Y eso no era posible encontrarlo en un hombre de tan limitadas perspectivas y desconocimiento de lo que significan libertad de pensamiento y acción en un clima de respeto al derecho del adversario.
Poco a poco el golpista de antaño fue trocándose en un dictadorzuelo avalado por la Ley Habilitante que aprobaba la reelección indefinida del Presidente de la República. Se esfumó la separación de poderes y el respeto debido a las voces opositoras, para dar paso al insulto procaz y al retroceso en todas las instancias democráticas.
Venezuela se convirtió en una mezcla de circo y cuartel donde el exceso de dinero y poder mal habidos, corrompió gobernantes y ejército. Chávez compró armas y conciencias a granel. El muchacho menesteroso criado por la abuela, alumbró un individuo que en vez de caminar, levitaba entre nubes de incienso. A los cincuenta y ocho años de edad se fue con su música a otra parte, dejando a su familia y amigotes inmersos en un océano de dinero y a Nicolás Maduro ensartado en un acerico cada vez más agresivo.
Para este drama, resultado de la ineptitud y venalidad del elenco, no hay público internacional. Todavía existen ilusos que quizá de buena fe, apuestan a su prolongación en cartelera. Pero sucede que quienes así piensan, ven las cosas desde lejos. Es la obnubilación del espejismo, la tragedia ajena que nunca podremos avalar como lo haríamos si nosotros fuéramos los damnificados.
