viernes, 17 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-09-20 10:26

Violencia institucional

Podríamos afirmar que los hechos recientes de los Padres de la Patria, hacen parte de un proceso que nos ratifica la imposibilidad de llegar a un Acuerdo de Paz, entre nosotros mismos,

Escrito por: Redacción Diario del Huila | septiembre 20 de 2014

y que de contera, mal podemos hablar de ese mismo proceso con quienes se encuentran al margen de la ley, como son las bandas criminales, los grupos alzados en armas, y la delincuencia que deambula en los estrados oficiales y en las vías públicas. Sin contar entonces con todas esas fuerzas misteriosas que a diario se dan cita para hacer del ciudadano del común, la principal víctima del establecimiento, entendido este como la organización encargada de vigilar, proteger y auspiciar todas las formas de cumplimiento de las metas y objetivos de un Estado Social de Derecho.

Es que las tres ramas del Poder Público, deben ajustarse armónicamente en la producción y consolidación de unos principios generales y universales, donde la convivencia, la democracia, la participación ciudadana y sobre todo el respeto al otro, sean la base angular de nuestra sociedad y el fin último, sea la equidad, la justicia y el acompañamiento de todas las tres, hacia el ciudadano como receptor de políticas sociales, que hagan menos gravosos los avatares de la existencia.

Cuando se pregona que la Administración de Justicia, ha superado en falta de credibilidad o en corrupción al mismo Congreso de la República, y cuando el poder ejecutivo se construye a partir del presupuesto de la mermelada y de la concesión de nuestros recursos a los potentados o inversionistas extranjeros, es cuando concebimos que el poder de la corrupción se unifica en torno a dichas ramas del poder público y cobra fuerza y coherencia para hacer de los colombianos, los principales damnificados de dicha violencia institucional.

Y si son múltiples los fenómenos que nos acosan a diario, esa corrupción disfrazada en políticas tributarias, en impuestos, en coimas, en esa multiplicidad de formas dirigidas al desangre económico de los ciudadanos, es cuando nos enfrentamos a un fenómeno de inseguridad tan grave y tan grande, que se constituye en un mecanismo de cohersión, de chantaje, de extorsión por parte del Estado hacia el ciudadano, y se llega al despropósito de asemejarse a las implicaciones de lo que representa la suma de todos esos otros enemigos de la sociedad colombiana de hoy en día, como son la inseguridad, las bandas criminales, los paramilitares disfrazados en sus múltiples organizaciones, los alzados en armas y la delincuencia común que no tiene hoy en día, registro verdadero de su dimensión o grandeza, pero que son los grandes generadores de violencia y de caos que acosa nuestras calles, nuestros hogares y nuestra vida cotidiana.   

Todo ello sumado en una reflexión que nos haría larga una explicación sociológica de la realidad a la que nos enfrentamos, nos permite hoy en día, hacer estas glosas, para poner de todo nuestra parte, en procura de comprender como hemos de enfrentar ese mundo que va más allá de la realidad, como hemos de ocuparnos de las cosas más sencillas, para entender que somos víctimas permanentes de un delito que tiene muchas formas de denominación, según el victimario que actúe sobre nosotros, pero que nos lleva a concluir, como lo hemos repetido infinidad de veces, que hasta tanto no haya un verdadero juicio de responsabilidad política social, generado desde las bases mismas de las comunidades, será imposible llegar a un consenso sobre lo que ha de ser el futuro de nuestras generaciones.

No hemos aprendido a convivir con el otro. No sabemos perdonar y olvidar y no podemos conciliar nuestras diferencias, como consecuencia de una cultura o de una formación que siendo optimistas, en unos cien años pueda abrirnos la esperanza de un cambio generacional y de una actitud hacia la convivencia. Serán cien años como mínimo, de soledad, de martirio, de angustia, de vejámenes y de valor, para entender que lo que hoy hace nuestro Gobierno Nacional y las instituciones que se dan cita en torno a él, fueron incapaces de ofrecernos la opción de la dignidad y del respeto hacia la búsqueda de la PAZ, como una forma permanente de aminorar las distancias entre el uno y el otro, pero no como una forma de vida. La paz, es una opción de vida, no un estado de vida, solo concebible en el más allá o en los paraísos creados por los dioses, para convencernos de que la muerte es un buen remedio a nuestro dolor.