Villalosada
Por Diógenes Díaz Carabalí
Villalosada es un pesebre, que el viajero pasa desapercibido porque el bus nunca se detiene. Pero es un pueblo con calles y plaza que también sirve como cancha de fútbol, un césped inclinado donde el puntero derecho ha de realizar mayor esfuerzo que el izquierdo. En el marco de la plaza está la iglesia y el colegio. Todas las calles confluyen a la plaza. También tiene héroes, bobos adorables, brujas y curanderos.
Su nombre antiguo es Naranjal, cambiado por el apellido de su héroe, el hombre que donó el terreno para fundar el pueblo. Los Ramírez y los Valencia son como el estrato cinco de Villalosada, para tener en cuenta que hay unos Valencia ricos y otros pobres, los primeros se alimentan con buena carne, los segundos con vísceras y jeta de vaca. También están los de clase media, los López, fundadores del MRL porque se creían parientes de López Michelsen; y los Cometa, amigos personales del general Rojas, cargan con el estigma del dictador, por lo tanto no recuperan aún su ciudadanía de demócratas. Los Titimbo traen la costumbre Páez de reunirse para tomar guarapo, vivir largas juergas, y emborracharse hasta quedar tumbados en los andenes mientras las mujeres pacientes tejen a sus pies hasta cuando sus maridos despierten.
Pero eso es historia novelesca. Son recuerdos de un pasado reciente, cuando el pueblo respiraba la tostada resolana de su clima seco y Germán Valencia, mi pariente, llevaba por las calles, de rastras, a su sobrina boba para comprar el pan del desayuno. En ese tiempo Carlina Lizcano bregaba por aprender las primeras letras, Checho Valencia carecía de la más remota idea de convertirse en millonario y Urbano López hacía sus pininos de líder como orador intruso en las reuniones de la Junta Comunal. Era época glacial, jugábamos a las envenenadas, nos burlábamos de la calva de Demetrio como único atractivo turístico, y el agente Mosquera nos preguntaba si en la carretera nos habíamos encontrado con Tirofijo como si nosotros estuviéramos en su listado de sapos. La única obra trascedente del gobierno departamental en esa época fue traer al ejército para que nos peluqueara con el corte Humberto.
Villalosada sigue anclada en la misma nomenclatura de hace años, un pueblo apacible rodeado de montañas, un río fragoroso descansa en sus recodos con pocetas tibias, gentes de todas las edades con ocurrencias alegres, rostros inconfundibles por la sencillez y afabilidad; se podría andar sus caminos en experiencia inolvidable para encumbrarse sobre la Serranía de las Minas o sobre los páramos del Macizo, y encontrar en sus hondonadas aguas termales y vestigios arqueológicos. También tiene leyendas y mitos, sobre los filos indomables pasea El Silbador, en las noches sorprendente con sus chiflidos ensordecedores, para espantar a los vagabundos noctámbulos que se atrevan a perturbar la paz de los vecinos.
Bien vale la pena una parada en Villalosada, comer allí una cuca con un vaso de leche fresca, disfrutar del sabor dulzón de una naranja, comerse un banano delicioso o simplemente reconocer que en cada distante lejanía de este país existe un universo que merece ser descubierto.
