lunes, 13 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-02-25 11:23

Vida del río

Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | febrero 25 de 2016

Nadar bajo el puente de La Plata era un acto de heroísmo cuando el río tenía caudal; cuando embravecido se abría paso por en medio del Valle de Cambis, rumbo a ser tragado por El Paez implacable, el mismo que se llevó a sus entrañas durante la avalancha del 94 un millar de personas y dejó unos 28.000 damnificados a lo largo de su cuenca deforestada y abrupta. Los más osados nos lanzábamos desde las barandas del puente, para zambullirnos en las aguas del río que todavía conservan el rumor agreste de la montaña y el frío de las nieves perpetuas. Más abajo está el charco El Remolino y, más arriba, la isla y el vado donde iban los timoratos y desde donde se lanzaban quienes piloteaban un neumático de llanta de camión, al que no tuve acceso por falta de plata.

El río era la dinámica del pueblo. En verano, sus orillas recibían a los bañistas desesperados por el calor; en invierno, pescábamos leña que arrastraba junto a su olor a tierra cruda, para secar en los caedizos y con ella cocinar la comida. Existía pescadores profesionales, quienes habían encontrado la piedra del pescado; aprovechaban la subienda para ofertar en la plaza zabaletas, nicuros, pataloos, coruntas, negros, y era de renombre el caldo de cucha afrodisiaco con que se embarazaban las mujeres de La Plata. El valle completaba el menú: crecían en las márgenes cultivos de plátano, yuca, árboles frutales; el río nos hacía autosuficientes cuando nada era malo para el corazón; cuando las harinas y los almidones no enriquecían de colesterol y triglicéridos.

Tantos amores se cocieron en el río; cuantos seres vienen de sus orillas en un engendrar clandestino. Había que casarse, porque ante los ojos del mundo eran imposible los hijos sin padre y las madres solas. Fue cuando los hombres respondían por sus desboques sexuales; Fue cuando las mujeres se llenaban de rubor si las descubrían con relaciones de amancebo. Allí estaba el padre Ovies para denunciar la desobediencia; allí estaba el pastor de la Alianza Cristiana para defender la honra.

El río moldeaba las costumbres, hasta los deseos. El río no era poema, más bien sacudía con la violencia del Rajaleña. El río renovaba con el ímpetu de seguir hacia el norte, para mostrar la estrella de un lugar reposado. El río sacudía los ánimos en la nostalgia del tiempo que se iba a meter en las cordilleras, como un duende que promete su regreso. Nacimos y vivimos del río con sus aguas negras que mancha la piel, que dejan en el espíritu el recuerdo de un lunar escamoso que nos identifica, para que nos llamen mojosos. El río nos seleccionaba para vivir con el apego de un lugar maravilloso, que se viste de verdor, que conserva su lozanía, que hace volver cada tiempo para gritar ¡Viva San Pedro!

Como gentes del Huila, somos del río. Si nos entienden, comprenderán nuestra cultura desde el río. Descendemos de quienes tenían el río como frontera, el dios que se dilata entre recovecos insondables y une pueblos y fronteras. El río nos ha enseñado a tener orgullo, pero también a estimar al otro en la dimensión de la convivencia respetuosa, por eso cuando agreden al río nos agreden el alma. Por eso al huilense le duele Betania, le duele El Quimbo. Porque el río es la continuación de nuestro torrente sanguíneo, es parte fundamental de nuestra idiosincrasia.