miércoles, 15 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-08-12 06:46

Veintiún años

Por Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | agosto 12 de 2015

A las nueve de la mañana del 9 de agosto de este 2015, se cumplieron veintiún años del asesinato de Manuel Cepeda Vargas. Cayó abatido en una calle bogotana cuando se dirigía a laborar en su nuevo lugar de trabajo: las instalaciones del Senado de la República. Todos  sabemos que lo ultimó el matrimonio paramilitares-ejército y que el esclarecimiento de este crimen requirió tiempo, ímprobo trabajo familiar y lucha sin cuartel contra la ignorancia social y la perversidad gubernamental. Al fin salió a la luz el asqueante charco donde chapoteaban a sus anchas funcionarios “impecables” y “fuerzas del orden” con lo más infame de la criminalidad organizada. Cuento de nunca acabar, otra víctima del genocidio aplicado a un partido político de oposición en un país que se denomina democrático. ¿Qué quedó de la ejecución de un ciudadano como pocos consecuente con la misión humana y social que había escogido libremente? ¿Qué del asesinato de líderes como Pizarro, Antequera  o Jaramillo Ossa? ¿Qué de la diáspora de patria y corazón surgida de amenazas  inferidas a quienes osaron decir: no? ¿Qué de la ausencia definitiva de lo más valioso de la política colombiana en un momento de mengua y prostitución generalizadas? ¿Qué se vislumbra  acerca de uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia reciente, conocidos con el eufemístico calificativo de falsos positivos? ¿Y del prontuario colombiano donde el feminicidio y su chorreante podredumbre, cada día se avizora más apestoso e impune? ¿Del doble rostro de este pandemónium reverenciado bajo los nombres de  tribunales, jueces, testigos, sentencias, togados, juramentos espurios, latrocinios de agache, aceptados y hasta loados y condecorados por una sociedad que de no estar hipnotizada o demente, avergonzaría hasta a esos depósitos de basura que cada día más corpulentos, se pudren bajo el la lluvia y el sol?

Quizá no sea del todo culpa nuestra. A las mujeres,  los negros, los indios,  los viejos, los discapacitados, los huérfanos, los homosexuales y sobre todo los pobres de dinero, es decir, los portadores visibles de un talón de Aquiles ancestralmente establecido, nos enseñaron a agachar la cabeza. Eso, que empieza en la cerviz, toca el cerebro y lo deforma, roza el corazón y lo insensibiliza, ase el músculo y lo dobla, invade la palabra y la prostituye. Nos lo enseñaron las religiones, los regímenes políticos, las teorías “éticas” y hasta estéticas, en un revuelto de fábulas vestidas de gala con la bandera sexual a babor y estribor, según pinten los babores y estribores del momento y del género.

Son veintiún años, Manuel Cepeda. Te moriste de un solo fogonazo.  Quizá ya habías terminado de aprender lo que te correspondía en un libro cuyas páginas todavía ni siquiera empezamos a  leer.