Veinte años
El sábado 9 de agosto se cumplieron veinte años del asesinato de Manuel Cepeda Vargas.
Las balas de dos militares en servicio activo, le rompieron la sien derecha cuando se dirigía al Senado de la República. Lo demás se redujo a una lucha titánica de su hijo el hoy senador por el polo, Iván Cepeda, intentando que el Estado asumiera su responsabilidad en un crimen que como gota de agua negra y apestosa, silencia todo propósito de hablar como se debe.
No insistiré en lo sórdido de esta noche estremecida por un trueno inubicable, invadida por el maridaje de la ley y el crimen, acostumbrada a callar y prosternarse ante lo que no merece más que desprecio colectivo. Y no lo haré porque todos, absolutamente todos, conocemos la doble cara y la deshumanización enquistadas en esta mescolanza de cinismo y bozal, que merodea desde las raíces.
Son veinte años de nadar contra la corriente, de espantar esta nube de langostas que cierra el horizonte, de repeler injurias y falsedades donde el vocablo soez y la intención homicida crecen como gusanos venenosos. Veinte años marcados por un siniestro desfile de desapariciones forzosas, de crímenes de lesa humanidad blindados por el dinero y el poder, de sonrisas hipócritas y regodeo de lo que niega nuestro calificativo democrático y ciudadano.
El país se acostumbró a chapotear en este charco y a ver como quien oye llover, millones de campesinos precipitados a la miseria absoluta, niños que mueren de desnutrición y abandono, mujeres destrozadas física y moralmente por el “machismo colombiano”. Son incontables rostros destruidos, bocas saqueadas, cuerpos donde la cobardía de la contraparte entronizó una humillación sin dolientes. Veinte años más amamantando la porción primitiva del animal humano, veinte años más de daltonismo casi implícito en toda decisión y resultado.
Caíste en una calle bogotana abatido por las armas de la república destinadas a la defensa de la ley. Lo lamentable es que todo sigue igual, hermano. Es la costumbre del atajo y el trasfondo prostituido.
Quizá desde tu nueva atalaya, avizores como un error de consecuencias impredecibles, el hecho de inscribirse en la agenda equivocada. En las cantinas, los circos y patíbulos, no cabe la visión de corazón que definió tu vida. Fuiste un hombre extraviado en los recovecos del arte. Pintor, poeta, escultor, niebla de sol. La utopía tuvo en tu oratoria deslumbrante y en tu costumbre insólita, la mejor reivindicación. Por eso, a veinte años de ausencia de estos rumbos que amaste con las tripas y los sueños, te abordo con tus mismas palabras: Recuerdo un ave blanca, un río/ un cielo oscuro y un velero/ debí mirar un poco más/ amar, luchar un mundo más/ para dormir me sobra tiempo.
