Uribe
Gloria Cepeda Vargas
Hace tiempo no hurgaba en los escarceos de Álvaro Uribe Vélez, monótono y a la vez complejo prototipo de esta idiosincrasia que a pesar de los pesares, nos permite sobrevivir. Pero después de los resultados que arrojó el plebiscito, vuelvo a preguntarme cómo un hombre tan indotado para la convivencia, pasa “sin romperse ni mancharse”, a través de la náusea que él mismo provocó.
Álvaro Uribe no es un estadista y sin embargo se permitió el lujo de ser presidenciado “democráticamente” por dos períodos consecutivos. Después de mutilar y remendar a su antojo la brújula constitucional, se metió en el carriel “su poder soberano” e invocando “la protección de Dios”, entre la mediocridad de las Yidis Medinas y los Teodolindos Avendaños y la complicidad del respetable público, una vez más se salió con la suya.
Fueron ocho años de alpargatas y sombrero vueltiao, de refranes donde lo más cerril de la fibra montañera se convirtió en axiomas mesiánicos o maniobras providenciales. Dos cuatrenios en los que montó a caballo sin derramar el tinto, cruzó a nado los “caudalosos ríos de la patria”, mercadeó conciencias y con mote de liberal y entretelas de godo, se puso de ruana todo lo que –jurídica y democráticamente- parecía inamovible en esta “tierra de leones”.
El líder tiene la estatura de su pueblo. Hay frases, ademanes y hasta maneras de caminar que poseen un poder taumatúrgico. El secreto está en aplicarlos cuando el viento lo permite. Sabedor de eso y con su astucia zorruna y sus orejitas de conejo; valido del efecto que producen la cuaresmal cruz de ceniza en la frente y las preces elevadas al padre Marianito, los consejos paternales y hasta las explosiones de macho en celo, hizo de Colombia el escenario de un drama que si no representara el retroceso histórico que significa, serviría para evaluar nuestra ingenuidad y ese oportunismo de avería que caracteriza lo más conspicuo de la dirigencia nacional.
Uribe representa lo irrebatible de la utopía. La encarnación del espejismo. La sublimación de lo que no nos atrevemos a llamar por su nombre. Lo que desconcierta es que un individuo que se pasa la vida escampando, eludiendo, martillando y regodeándose en su megalomanía, pueda convencer hasta la alucinación.
Como todo mortal, Uribe se disolverá en el tiempo. Es decir, desaparecerá la mala hierba pero permanecerá raíz, encarnada en este coro que apertrechado en sus intereses personales y en sus odios dinásticos, no reconoce más verdad que la suya.
