Una débil luz de esperanza
Carlos Tobar
Culminó con acuerdo la COP21 de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático reunida en París. Después de 18 años de haberse firmado el protocolo de Kioto y de 23 de conformarse la Convención Marco como organismo de las UN para hacer frente al mayor reto de la sociedad humana, los 195 países integrantes, acordaron un principio de acción vinculante frente a la amenaza del cambio climático. No es lo que se necesita, pero en medio de un mundo de contradicciones sociales y ambientales exacerbadas por el dogma del libre comercio, que la esencia del acuerdo sea el compromiso de reducir la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), en el mediano y el largo plazo, es una luz de esperanza para la humanidad.
Ese acuerdo no es gratuito. Ha sido el producto de la lucha creciente de la sociedad civil. Miles y miles de organizaciones no gubernamentales, comunitarias, de redes sociales…a lo largo y ancho del planeta, especialmente de los países, regiones y ciudades altamente vulnerables a los efectos del cambio climático, como por ejemplo, el aumento de los niveles del mar que amenaza a decenas de comunidades insulares, ejercieron fuertes presiones para que los representantes gubernamentales actuaran más allá de los intereses de los grandes consorcios económicos internacionales.
Sentenciar a la desaparición negocios ambientalmente “sucios”, como la utilización del carbón como fuente energética –en estos últimos meses las acciones de las empresas carboníferas perdieron un 56% de su valor– y el compromiso de eliminar al petróleo, el gas y, en general, a las fuentes de combustibles fósiles como generadoras de energía hacia el futuro, para virar hacia fuentes de energía renovables y no generadoras de GEI, es un principio rescatable del acuerdo de París.
La duda inmensa, que no deja dormir a la comunidad científica y a los ciudadanos concientes de la amenaza ambiental, es que los compromisos voluntarios asumidos como punto de partida por los países integrantes para reducir la emisión de GEI, no son suficientes. Siendo la meta establecida la de no superar los 2° al final del siglo –1.5° es la meta deseable presionada por los países insulares–, los compromisos del acuerdo llevarían a un aumento de 3.7°; una cifra catastrófica para la estabilidad del ecosistema planetario.
Afortunadamente, el compromiso de revisar anualmente las metas, una vez se ratifique por todos los países el acuerdo de París –para el cual hay un plazo de 5 años–, da herramientas para la lucha de los pueblos del mundo que deberán obligar a sus gobiernos a cambiar no solo las metas de los compromisos sino, de manera inevitable, la forma de producir, alimentarnos, movernos, consumir.
El reto de la sociedad humana es inmenso. En su logro le va la vida, literalmente hablando. Ojalá, los elementos más avanzados de la sociedad asuman la responsabilidad que la hora demanda; una tarea donde las nuevas generaciones tienen un lugar preponderante, sobre todo si comprenden que este es el signo del siglo xxi.
