Una cultura de la mentira
Froilán Casas
Cada día nuestro país crece hacia una cultura de la mentira; todo lo que se cultiva crece. El mal crece con mayor velocidad; pereciera que la maldad crece en proporción geométrica y la bondad en proporción aritmética. La mentira aparece como el pan de cada día. De niños nos enseñan a mentir: presente una excusa médica para justificar la ausencia de clase o del trabajo -cuando usted se ha ido de paseo o de rumba-. Para responder por cualquier error cometido, usted tiene a flor de labio la excusa y ha adquirido tanta habilidad en el asunto, que usted se hace creíble. ¡Qué paquete chileno! Usted se ha vuelto tan descarado que, como no pasa nada, le parece normal mentir. Es más, la verdad se queda para los bobos, los ingenuos. ¡Qué descaro de cultura llamar al mal bien y al bien mal! La costumbre le ha dado la razón al mentiroso; al quedar impune el delito, se va formando un ambiente de engaño y de trampa. Se llega a afirmar con cinismo que el vivo vive del bobo y que no dé papaya, pero si se la dan, aprovéchela. ¡Qué descaro! Acudo al libro Santo para decir: “El corazón del hombre es lo más retorcido; no tiene arreglo ¿quién lo conoce?”. Traducido al criollo: caras vemos, corazones no sabemos. ¡Cuántas frustraciones hemos tenido en las relaciones con los demás! El hombre hace metamorfosis ante cualquier dificultad o problema. Los intereses del momento tuercen la conciencia hasta de los que creemos santos y honestos. El Lord George Byron decía una frase ya dicha por el cínico Diógenes de Sinope hacia el siglo IV a. de C. “Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. Byron fue tan excéntrico que en la tumba de su perro Boatswain escribió este epitafio: “Cerca de este lugar reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios”. Obviamente cuidado con caer en esas exageraciones.
Se requiere una persona bien formada para que se juegue la vida por unos principios. ¡Cuánto vale un corazón honesto! Y en verdad que los hay, afortunadamente. Gracias a Dios hay gente tan buena como el pan caliente. En mi vida pastoral he encontrado gente tan buena que pareciera que no hubiesen nacido con el pecado original. Hay gente que se parece a las flores de loto, florecen en los fangales. A veces hay que buscarlos con lupa, pero se encuentran. Hay que ser astutamente bueno para descubrir la maldad del otro; por ello, no basta ser bueno, hay que ser audaz para descubrir al falaz. Cuidado con los aduladores, detrás de una cucharada de miel, puede haber un tonel de hiel. Sea precavido, sepa dar confianza con inteligencia. Tampoco caiga en el extremo de no creer en nadie; esté seguro que hay gente buena y sana. Rodéese siempre de gente honesta y que esté en la capacidad de aprender siempre. Conserve una buena amistad, vale más que todo el oro del mundo.
+ Froilán, obispo de Neiva.
