Una cultura anárquica
Por Froilán Casas
A lo largo de centurias hemos sido deformados en el quebrantamiento de la ley. En el imaginario colectivo aparece que violar la ley es propio de vivos. En el fondo se alaba tal esquema de pensamiento, como propio de gente inteligente. ¡Qué cinismo! Desde pequeños se nos enseña a “no dejarnos de los otros”. Se establece una especie de competencia para lograr ser el “señor” del grupo, del curso, de la pandilla, etc. Nos confundimos con el reino animal, en donde el más fuerte físicamente domina.
Los colombianos estamos atiborrados por tantas leyes y normas de toda índole; pero a la par, somos especialistas en quebrantarlas. De ello nos ufanamos tristemente. Porque aquí, el vivo vive del bobo. Dé un espacio y verá que se lo invade el vecino sin ningún escrúpulo. Observemos la movilidad urbana: hay que darle preferencia a los vehículos en las cebras; los buses estacionan olímpicamente en las cebras y son tan descarados que lo hacen frente al supuestamente, contralor del tránsito; los pasajeros toman el bus, justo en las cebras. Pero, claro, es que no se han previsto bahías. ¿Cómo se exige si no se ha dado?
Somos un pueblo indomable, por decir lo menos. El verbo domar se aplica al adiestramiento de los animales. Por favor, Señor lector, haga la lectura correspondiente. ¿Será que vivimos entre homo sapiens o, entre simios? A veces los animales son más “ordenados” y “respetuosos” con sus congéneres que los humanos. Aquí se vive la ley de la jungla, sálvese quien pueda. Se expide la ley y, de inmediato aparece la fórmula para infringirla. ¡Qué habilidad la de los colombianos! Realmente su inteligencia es asombrosamente creadora. Desde niños se nos enseña a mentir, cuando conseguimos una fórmula médica para justificar la ausencia escolar. Qué no decir de las deudas. Como somos tan desordenados, gastamos más de lo que percibimos, entonces cuando llegan las cuentas de cobro, nos inventamos las mil excusas para no pagarlas. Claro, para pedir prestado, somos mansas palomas y cándidas ovejas; pero para devolver y pagar, sacamos las garras y nos quitamos la máscara para mostrar lo que realmente somos: unos tramposos. Parece aplicarse la frase en Rousseau en El Contrato social, “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. ¡Cómo se pierde la inocencia tan rápido ante una sociedad tan sucia! Lo grave es que sin una buena formación familiar, el mal cunde como cuando en una cesta de frutas, se descompone una de ellas; en fracción de horas, todo el canasto está infectado. Bueno, a veces, en el conglomerado social se encuentran personas diáfanas, como Natanael a quien le dijo Jesús: “He ahí a un israelita en quien no hay engaño”. ¡Qué hermosa bienaventuranza! ¿Eso se podrá decir de usted, amigo lector? La realidad social descrita se parece a la flor de loto, -tan hermosa por cierto- que sobresale por su belleza, pues brilla en el mismo fango que le ha servido de hábitat. En mi vida de pastor espiritual, he encontrado en todos los estratos sociales, personas tan diáfanas que pareciera que no hubieran nacido con pecado original.
Froilán, obispo de Neiva.
