Una ciudad inhumana
Por Froilán Casas
¡Qué paradoja! La ciudad que está compuesta por hombres, cada día es más hostil al mismo hombre. Hoy el hombre se aísla de los hervideros humanos. Allí todo es desorden y caos. Usted tiene que estar prevenido, en cualquier momento lo atracan. El hombre está resultando extranjero en su propio hábitat. Se va a las afueras de la ciudad a buscar la paz. Pero allí tiene que vivir enrejado pues la protección del Estado no aparece o, tiene que pagar vigilancia privada -si sus condiciones económicas se lo permiten-, para poder subsistir, pues aquello que el “Estado garantiza la honra y los bienes” del ciudadano queda en el papel. Claro, pero sí tiene que tributar al Estado.
La cascada de impuestos que pagamos los colombianos no alcanza para garantizar la “vida y honra” de los ciudadanos. En los países que tienen estructuras sociales justas y se aplica la ley, sólo se encuentran policías para orientar a los transeúntes y para apoyar a los niños, ancianos y enfermos. El Estado invierte poco en seguridad, pues el orden social justo es el garante de la seguridad.
La ciudad cada día es más agresiva con el hombre. La descortesía ciudadana es descarada. El peatón -que en otras latitudes es sagrado-, es atropellado por la urgencia de los conductores ambiciosos y avarientos por ganar en todo sentido.
Todo mundo va corriendo pues con el desorden ancestral, nunca alcanza el tiempo para nada, entonces irrespetamos los semáforos en rojo, las cebras no existen, “quítense piedras y palos que aquí voy yo”. Esto parece un salvaje oeste. Es la ley de la jungla: “sálvese quien pueda”. Aquí no impera la ley, impera la fuerza. La cultura ciudadana está por los forros.
Desde el hogar se nos enseña que lo que importa es ganar, a cualquier precio. Las reglas de convivencia no existen. Le pongo volumen a mi equipo de última generación que la sociedad de consumo me ha enseñado que quien lo posee está “in”; quienes no lo tienen están “out”. Sí, fuera de esos complejos sociales. Claro, quien no ha visto a Dios, de verlo se asusta. ¡Qué mala educación, producto de la ignorancia! Se aplica aquello del lenguaje criollo: “No importa que la plata se gaste, lo que importa es que el indio se divierta”.
Hay una sed de aparecer que quita el ser. ¡Qué pobreza de espíritu! Quien anda vacío tiene que hacer ruido. En toda parte busca reconocimiento; como no lo tiene, busca exhibirse.
La hermosura de los jardines, de las zonas verdes no puede dejarse a la vista de todos, tenemos que poner rejas, si no, el maleante nos los pisotea, maltrata y roba. El hogar dulce hogar, sólo podrá ser saboreado si nos alejamos del vecino huraño y regañón.
Podemos aplicar esta frase de la sabiduría popular: mientras más alta sea la tapia, mejores son los vecinos. Esa es la triste realidad. La ciudad de los hombres, ha resultado hostil al propio hombre. Las reglas de convivencia se quedan en el anaquel de los recuerdos. Se tienen que construir conjuntos cerrados para huir del vandalismo humano.
Lamentablemente no se puede apreciar la belleza de la arquitectura y la hermosura de las flores. De la ciudad amurallada del medioevo, hemos pasado a la ciudad enrejada del agresivo hombre moderno.
*Froilán, obispo de Neiva.
