Un señor que nos conocía a todos
¿Por qué tanto revuelocon la muerte de Gabo? La respuesta es obvia: porque es... porque era uno de los grandes de la historia de las letras.
El Homero del Caribe, digamos. ¿Y cómo sabemos que era el Homero del Caribe? La respuesta ya no es tan obvia. Quizá ni él mismo lo sabía. Una tarde en la habana, William Ospina se lo preguntó: ¿cómo hace usted para atrapar con un mismo lenguaje a lectores tan distintos, a ingenieros, críticos, diplomáticas, estudiantes, lectores de edad...?
Gabo no necesitó ni un segundo para responder: “Ese es mi secreto, William”, dijo, y sonrió. Pero Ospina, que jamás ha sonreído a destiempo, no celebró el chiste malo del minotauro de Cataca. Se quedó más serio que un tramposo, encuellándolo con la mirada. Entonces Gabo buscó la respuesta en las olas que rompían contra el malecón, y al fin dijo: “No sé, viejo, no sé... pero a veces tengo la sospecha de que todo se reduce a algo muy simple: hay que encontrar la palabra justa para que el lector no se despierte”. La respuesta me sorprendió. Siempre había pensado que el riesgo estribaba en que el lector se durmiera, y ahora venía este señor a decir todo lo contrario. Y tenía razón. Es una respuesta que encierra, como todas sus declaraciones, una poética. Gabo entendía la narrativa como un acto de hipnosis, como un sueño matemáticamente controlado por el autor. Un solo error —una coma despistada, un vocablo impropio, una narradez— y el lector se despierta y el hechizo se rompe de manera irreparable.
También encierra una estética la definición de poesía que dio en 1982. “La poesía —explicó en su lección de Estocolmo— es la energía secreta que cuece los garbanzos en la cocina”. No es una frase, es un credo. Para él, no había distancia alguna entre las palabras y las cosas. No pensaba, como creíamos algunos, que las rosas eran más rojas en Alejandría ni que los ruiseñores cantaban mejor en Hungría ni que la única literatura buena era la inglesa ni que había que morir en París con aguacero. No. Creía, desde el fondo de sus huesos, en los méritos balsámicos y poéticos del cilantro y en el lenguaje de las mujeres y en los delirios de los hombres. Gilbert Keith Chesterton ya lo había explicado todo muchos años antes. “Hay autores que encuentran su inspiración en la historia o en alguna tradición ilustre, otros la encuentran en los libros, otros en la calle. Unos pocos son capaces de encontrar poesía incluso en su propia familia”.
Gabo, sobra decirlo, era un hombre lo bastante atento como para descubrir lo literario en lo prosaico, la aguja en el pajar, la perla en la hojarasca. Y sabía editar, por supuesto, es decir, acuñar hipérboles poderosas, mantener tirante la cuerda de la tensión, derrochar adjetivos precisos, volver al barroquismo cuando la estética pedía austeridad, buscar maneras nuevas para decir cosas viejas, embromarse con algunas supersticiones (su aversión por los gerundios, los endecasílabos, los adverbios terminados en mente) y darle verosimilitud a los embustes más descarados. Siempre estaba buscando cómo lograr, por ejemplo, que un hilo de sangre corra tres cuadras, doble una esquina, cruce la calle, suba unos escalones, atraviese un zaguán y llegue a los pies de una mujer que gritará: ¡Mataron a José Arcadio!
Una vez le pregunté a su mejor lector cuál era el secreto de Gabo, y Alejandro Almario ensayó esta respuesta: quizá fueron dos: el primero fue que lo educaron las maestras del lenguaje, las mujeres. El segundo estribó en que, de alguna manera, logró conocernos a todos. Por esto sabía cómo y dónde herirnos exactamente y cómo decirlo con palabras que no pudiéramos olvidar nunca.
Gracias, Alejandro. ¡Chapeau, Gabo!
