viernes, 17 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-09-10 08:24

Un paso adelante

La sentencia de la Corte Constitucional que da luz verde al derecho de adopción en las parejas homosexuales -siempre y cuando tengan al menos dos años de convivencia, la criatura en trance de adopción sea hija o hijo biológico de uno de los miembros de la pareja y acepte que su compañero asuma todos los derechos y obligaciones sobre el hijo-, es la primera luz en una sociedad históricamente desamparada.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | septiembre 10 de 2014

Ana Elisa Leiderman y Verónica Botero, casadas en el 2005 en Alemania, son las protagonistas de la noticia que divide la opinión pública en Colombia. Después de que el ICBF negó la solicitud de adopción solicitada por ellas y de librar una batalla que  de social devino en jurídica, hoy la Corte Constitucional acaba de decir al respecto la última palabra.   

Estamos frente a una encrucijada que por neblinosa, impide identificar el camino. La costumbre, sazonada con ingredientes religiosos de poderosa envergadura y ensordecida por una tempestad tan vieja como el tiempo, requerirá, no digo años, necesitará la irrupción de sucesivas generaciones y cambios cruciales en esta mitología cuasi divina, en esta prédica seudo mágica y siempre bañada por la decadencia de un crepúsculo interminable; la sustitución de fábulas por verdades y de sofismas por ecuaciones despejadas, y sobre todo, la aparición  de una nueva escala de valores, para convertirnos en individuos de humanidad y sobre todo de misericordia.

No entiendo por qué debemos persignarnos ante una familia originada en distinta orientación sexual. ¿Será más llevadero el estado de una niña violada por su padre, padrastro, tío, hermano o cualquiera de sus “normales” parientes, que el de la criatura adoptada  y criada con amor por una pareja del mismo sexo? ¿Es ejemplo a seguir el del padre borracho y soez que convierte las noches  sabatinas de su familia en un infierno o el de la madre inmadura de cuerpo y espíritu? Engendrar o concebir no garantizan sentido de responsabilidad ni deber contraído únicamente por los cromosomas X y Y. Eso es solo trabajo biológico  donde  el señuelo de la cópula se impone. Es incontable el número de niños expuestos en la calle a toda suerte de miserias. Larga la lista de criaturas protagonizando esos desoladores episodios televisados en los cuales, sus minúsculos rostros cuentan sin palabras cómo se sufre, de qué tamaño es el drama de la orfandad, cómo se escriben desamor y soledad de adentro.

Todos llevamos tatuajes  más allá de la piel. Costumbres a las que no exigimos ni pasado judicial ni cédula de identidad. Hábitos, usanzas, mañas, rutinas que como una bola de nieve, nutrieron nuestra historia para bien o para mal. Dicen, con razón, que “el hombre es un animal de costumbres” ¿Es eso racional? ¿La costumbre piensa o siente? ¿Es un ente abstracto, una ráfaga de polvo o una espada de Damocles?

El argumento más socorrido para negar identidad familiar a las uniones homosexuales es su discutida “anormalidad”. “Hombre y mujer” pregonan; macho y hembra propagan. Muchos los ignoran o escarnecen por “enfermos”, “infractores” o “perversos”. Hay quien los señala como un error genético o una orgía hormonal.

La filiación más osada es la inferida a la identidad sexual. Los laberintos ontológicos son impenetrables y el sexo polifacético y misterioso como toda fuerza de la naturaleza, solo es vituperable cuando el espécimen humano lo convierte en una caricatura llena morbo y polillas. Ahí residen muchos de los dolores que nos flagelan, porque no hay mayor lacra  que la injusticia. ¿Qué tal si ensayamos quitarnos esta máscara y empezamos a caminar con la cara descubierta?