Un país en estado terminal
Por Gloria Cepeda Vargas
Mientras el congreso despilfarra el tiempo en decidir si honra o no la memoria del ilustre Diomedes, en Bucaramanga se tortura hasta la muerte a una niña de dos años de edad.
Pero éstas son elucubraciones que no tienen cabida en una sociedad condenada a podrirse por estancamiento. Por supuesto que sería apenas racional que los honorables despertaran de su eterno motoso y constataran que Colombia necesita desesperadamente leyes acordes con el estado de descomposición en que ha caído entendiendo que más que actos de insulso relumbrón deben empeñarse en elaborar leyes sancionatorias acordes con crímenes tan vergonzosos como el perpetrado por dos degenerados de la peor ralea.
La niña fue llevada al Hospital Universitario de Santander en estado casi agónico por su madre y su padrastro. El parte médico es desolador. Confirma el grado de crueldad disparado contra un ser inocente. Quemaduras en los diminutos genitales, piernas fracturadas, hematomas tan extensos como la espalda apenas en proceso de crecimiento, un golpe salvajemente demoledor en la cabeza que le ocasionó muerte cerebral y la gota que rebosa el vaso: violación sexual; desgarramiento de vísceras, separación a machetazos de piel, músculos, huesos. Derrame incontenible de una vida que apenas empieza a clarear. La palabra se bate en retirada ante este horror que de un solo empujón echa por tierra todo lo pregonado, acordado y aceptado como garantía de humanidad.
Los periódicos reproducen la imagen de estos dos especímenes: el padrastro de 27 años de edad y la madre de 22. Autor físico del crimen: el macho; cómplice del mismo: la hembra que debería tomar lecciones de las perras callejeras o de las gatas vagabundas cuando de defender sus cachorros se trata.
La noticia me ha cruzado la cara como un latigazo. Esta fiera que somos los llamados seres humanos se mete al buche en un santiamén todos los paradigmas que duermen el sueño de los justos en constituciones políticas o prédicas morales. ¡Cómo nos revolcamos y refocilamos en este cieno almidonado! ¡Cómo nos amañamos al orgasmo que estalla en la consumación de la perversidad! ¿Dónde está el hombre, dónde la mujer? Y lo que es peor: ¿Dónde la madre y lo que representa?
Este episodio que parece sacado de un cuento de Poe o de los más espeluznantes capítulos de ciencia ficción, debería suscitar una protesta nacional. Es la vida del cuerpo y del espíritu lo que pende de un hilo. El inmundo condumio que nos sirven a diario sin que nuestros estómagos protesten.
Bien. Los medios vendieron y la indignación brilló como un relámpago. Vienen las elecciones con su tambor. A otra cosa, mariposa. Ya pasó y hasta la próxima audición.
