Un gobierno desacompasado
Quienes vimos la ceremonia de posesión del segundo gobierno de ‘Juanpa’, pudimos apreciar la graciosa desacompasada de los comandantes de las fuerzas militares y de policía, en el acto de reconocimiento a su comandante en jefe. No se sabía quien estaba más perdido:
si el presidente o su flamante ministro de defensa o cualquiera de los comandantes de fuerza. Ese hecho, que no pasa de ser una anécdota circunstancial, puede ser un preludio de lo que va a ser el gobierno que se inicia. Porque, sin ser un oráculo, se puede prever que Santos II, va a ser una copia, mejorada y ampliada, de Santos I. Quienes, les hacemos seguimiento juicioso a las políticas oficiales –las que reflejan las verdaderas intenciones de las élites en el poder–, estamos seguros de que “nunca segundas partes fueron buenas”. En ese sentido hay que recibir con beneficio de inventario, las propuestas gubernamentales.
Del discurso de Santos –la intervención en la instalación del nuevo congreso el 20 de julio, y el del acto de posesión el 7 de agosto–, se deduce fácilmente que los propósitos del gobierno que se inicia, serán similares a los del primer período. Fuera del nuevo eslogan del gobierno: una Colombia en paz, educada y con equidad, diseñado para engañar incautos, la argucia gubernamental es la del gatopardismo “que todo cambie, para que todo siga igual”. O alguien, medianamente serio, cree que va a cambiar la política de libre comercio que tiene como su eje más acabado, los tratados de libre comercio que están arruinando los sectores industrial y agropecuario (las principales fuentes de trabajo nacional digno), a la vez que promueve la reprimarización de la economía nacional con el énfasis puesto en la locomotora minero-energética: ¡cómo en la colonia, viviendo de la minas y el guaqueo! Neocolonialismo puro, que condena a Colombia a otros cien años de sometimiento, atraso y sufrimientos. Solo nos deja el rebusque, la informalidad, el trabajo indigno.
O, se van a acabar las EPS’s, los intermediarios financieros que se volvieron el cáncer del sistema de salud: que niegan los servicios a los enfermos y moribundos, a la vez que se prestan para el saqueo vulgar de billones de pesos (precisamente los dineros que necesitan los ciudadanos insanos), y son instrumentos predilectos del lavado de activos. O, se va a dejar de privatizar la educación pública, con contribuciones presupuestales pírricas, que hacen imposible brindar una educación de calidad a los más pobres. Lo demás es demagogia: Colombia la más educada, la consigna del gobierno, sin plata, no pasa de ser una frase vacua. O, se va a cambiar la política agropecuaria, de competencia desleal con productos importados, subsidiados en sus países de origen, mientras los costos internos de producción: crédito, insumos, energía, combustibles, transporte, tierra, pagan precios de monopolio que hacen inviable la producción interna, al tiempo que los precios internos de los productos están por debajo de los precios internacionales, sin existir precios de sustentación que los protejan. O…
Todo en nombre de la paz. Porque la parte perversa del anhelo de paz de todos los colombianos, se terminará usando para profundizar las políticas neoliberales que arruinan el país. El arte del birlibirloque, en el que es experto el tahúr que tenemos por presidente de la república.
