Un falso ismo
Lucas Mateo Vargas Vargas
En lo corrido de la historia colombiana hemos asistido al cínico performance creado por la clase dirigente desde el nacimiento de los partidos políticos, entre los cuales se cuenta: un sinnúmero de guerras civiles durante el siglo XIX; una tal república conservadora (en tiempos de regeneración) y otra liberal; una etapa de duro conservadurismo encabezada por Mariano y Laureano; un tal general; una componenda bipartidista, frente nacional, para calmar la guerra bipartidista que la dirigencia de estos dos partidos ocasionó; un mandato caro, eh digo, ‘Claro’; un estado de sitio; un gobierno que pretendía bajar la corrupción a sus “justas proporciones”; un gobierno de apertura; otro en el que todo sucedió a sus espaldas; un presidente ‘distensionado’; otro de seguridad democrática y un último, y actual, de prosperidad para todos.
En las últimas décadas y con el favor de esos contenidos que los medios masivos de comunicación nos imponen a través de sus noticieros, hemos asistido al nacimiento de una “corriente” que, aunque ni de pensamiento ni filosóficamente histórica, mueve las pasiones de los amantes a ultranza del guerrerismo, sea éste a través de las armas o de las palabras.
Esa corriente, llamada de uribismo, y se coloca en minúscula debido a lo minúsculo de su aportación a la realidad, no es otra cosa que un culto a un personaje al que muchos creen que es su igual y que con el corazón en la mano y el hígado hinchado de gracia por él, lo veneran, lo defienden y lo consideran un inocente mártir nacido en nuestro suelo. Pero claro, quizá esa corriente no sea más que un epígono del fascismo de Mussolini o del nacional-socialismo hitleriano que pretende una purificación, más que racial, social de nuestra concreta realidad colombiana.
En esa colcha de retazos (y retraso) formada por el ‘uribismo’, se encuentran personajes que han saltado de partido en partido, como el caso de dos congresistas huilenses, y otros que han salido de la izquierda, como JOG y Bustamante, hoy también senadores. Se encuentra una senadora de estirpe aristócrata, que se despeluca al hablar de paz sin impunidad incitando a la violencia con sus declaraciones, como por ejemplo: “decidir si partimos el departamento en dos. Uno indígena, para que ellos haga sus paros, sus manifestaciones y sus invasiones, y uno con vocación de desarrollo donde podamos tener vías, se promueva la inversión y donde haya empleos dignos para los caucanos”; (Elespectador.com) y además: “por menos que eso inició la violencia”… Quizá su apellido rime con violencia.
Los hoy autoproclamados perseguidos políticos, en primer lugar no son ni una oposición al actual gobierno, ya que éstos también tiene un proyecto burgués, pero sobre la base del latifundio y quieren ‘refundar la patria’ a la medida de sus intereses, con su mecías como eterno habitante de la casa de ‘Nari’. La oposición es entre contrarios, no entre iguales. En segundo lugar, ellos son los que han perseguido política, jurídica y socialmente al movimiento social y al movimiento obrero colombiano (tanto así que por falta de garantías para la oposición política en los tiempos del presidente Uribe, el congreso estadunidense no le aprobó el TLC) generando los ‘falsos positivos’, ocasionando desplazamientos forzados (migraciones internas, según la jerga del uribismo), y capturas masivas sin prueba alguna. Esta nueva burguesía hacendada y ganadera, nos ha quitado tanto al pueblo colombiano, que ahora nos quiere quitar las calles, nuestro escenario de lucha, esas calles que en su época de poder, el uribismo calificaba de subversivas y terroristas.
Quizá el hermano del senador Uribe “de seguro no estaba recogiendo café”.
